La historia de las relaciones de pareja

     Hoy en día, el hecho de que una pareja se separe o se divorcie por intereses personales no llama tanto la atención como años atrás, pero lo cierto es que esto constituyó en su momento una verdadera revolución si atendemos a la historia de las relaciones de pareja en nuestra sociedad, lo cual nos puede enseñar mucho o, al menos, hacernos reflexionar.

Hace unos 5-7 millones de años, cuando nuestros primeros ancestros primates bajaron de los árboles y comenzaron a poblar la superficie terrestre, vivían organizados en comunidades, aunque los conceptos de pareja, familia y fidelidad no existían todavía. De hecho, lo normal era la poligamia (una hembra mantenía relaciones con varios machos) y los machos mantenían una competición despiadada para copular con todas las hembras de la tribu. Las hembras entonces se preocupaban del cuidado de las crías y los machos de la protección del grupo. Por aquel entonces, nuestros antepasados se movían por instintos. En definitiva, el sistema  polígamo fue la “norma” durante millones de años. Pero un día las cosas empezaron a cambiar. Concretamente, cuando nuestros antepasados empezaron a caminar sobre las piernas, los bebés se volvieron más frágiles al nacer antes, por lo que se prestó especial atención al cuidado de los niños. Las crías humanas necesitaban del cuidado de los adultos para desarrollarse. Y surgió así el principio de monogamia, pues al macho empezó a interesarle quedarse con la hembra para cuidar a la cría hasta que fuese más autosuficiente. Y para perpetuar la especie el hombre comenzó a organizar su vida en torno al bebé. Surgió el reparto de tareas: los hombres iban de caza mientras que las mujeres recolectaban y cuidaban a los niños. Además, apareció el lenguaje, lo cual complicó más las cosas, ya que permitía la comunicación entre los individuos y el relato de todo cuanto sucedía.

Los primeros poblados aparecieron hace unos 10.000 años a. C. El hombre se había hecho agricultor y criaba animales. Quería, además, transmitir la tierra a sus hijos, para lo cual tenía que asegurarse de que realmente eran hijos suyos. Y para tener la certeza de que así era, se inventó una organización social de la pareja. Se necesitaban entonces unos sistemas sociales que garantizasen una estabilidad. A partir de ahí surgió en Occidente (y posteriormente en otras partes) la idea del reparto estricto de las labores entre hombres y mujeres y éstas se centraban cada vez más en las labores domésticas.

En el último milenio a. C. aparecieron las civilizaciones guerreras que necesitaban soldados para proteger las ciudades. Tanto en Grecia como en Roma el matrimonio era una obligación para los ciudadanos. La ley perseguía a los solteros porque no cumplían con su deber: tenían que casarse para tener muchos hijos y, por ende, muchos soldados. Era como cuando antes alguien no cumplía con la obligación de cumplir con el servicio militar. Y todo esto estaba bajo el control de los padres de los futuros esposos. El matrimonio era un contrato familiar a efectuar entre dos familias (ambas llegaban a un entendimiento y hacían una especie de juramento). En muchas ocasiones, en cuanto nacía la niña o el niño, ya se sabía con quién se iba a casar y a menudo los futuros esposos se conocían durante la ceremonia. El matrimonio griego era como una empresa y tenía que cerrar un buen trato entre las dos familias: la familia del chico le entregaba a éste una parcela de tierra y la familia de la chica le entregaba a ésta muebles u otros bienes. Era una conjunción de intereses en la que cada cual aportaba lo que le faltaba al otro y la pareja conseguía sobrevivir en el seno de la comunidad. El padre, al entregar a su hija al futuro marido, consentía que éste se convirtiese en el dueño de ella. Y la mujer tenía la obligación de ser fiel a su marido (si no, se enfrentaba a la repudiación), mientras que en el caso del hombre no ocurría así; incluso tenían un pequeño aren en casa a su disposición. Cleopatra y AntonioPara el placer tenían a las cortesanas y a las concubinas (de estatus inferior al de las esposas -puesto que nunca se casarían-), mientras que las esposas eran para tener una descendencia legítima y para que fuesen las guardianas fieles del hogar. Por lo que el hombre podía tener una vida sexual muy diversa, pues podía tomar cuanto quisiera para satisfacer sus necesidades sexuales. De hecho, la sexualidad en sí se trataba sencillamente de un uso del cuerpo y los griegos lo hacían sin ningún complejo (practicándose todas las formas -heterosexuales y homosexuales-). De hecho, en Tívoli (cerca de Roma), se cree que surgió el amor de una de las parejas homosexuales más famosas de la historia antigua. Adriano (76-138) y su joven erómeno Antínoo (110-130) compartieron gustos y aficiones hasta que este último “cayó al Nilo y se ahogó” (explicó Adriano).

Posteriormente, en la Edad Media, la Iglesia cristiana tomó el poder y empezó a imponer su ley dentro de las relaciones de pareja: por primera vez en la historia, el hombre tenía que casarse para toda la vida. Y este vínculo no se podía romper, ya que todo estaba bajo la atenta mirada de Dios. Por lo que las parejas no se podían romper, por muy mal que fuese la relación. Incluso, como los hombres no podían volverse a casar, lo que hacían era matarla para romper ese vínculo conyugal. La Iglesia también impuso la fidelidad a los esposos, por lo que el adulterio era un delito tanto para hombres como para mujeres. También se llegó a criminalizar el placer (el cual fue considerado pecado). La sexualidad sólo servía para concebir hijos y fue eliminado de la vida conyugal. En definitiva, amor y matrimonio no estaban necesariamente relacionados. Incluso cuando en la época de los trovadores (hacia Adriano y Antínoo el siglo XII) el amor empezó a idealizarse, este sentimiento no se relacionaba con el marido o la esposa. Andrés el Capellán, que formaba parte de la corte de María de Francia (condesa de Champagne, una de las grandes promotoras del amor cortés), escribió en su obra De amore una serie de 31 reglas sobre este asunto, entre ellas, que “el matrimonio no era una excusa para no amar (…)”. Es decir, que estar casado o casada no eximía de amar… a alguien distinto de la pareja. El amor, por tanto, se identificaba con el adulterio. De hecho, Andrés escribió que estas reglas habían sido traídas a la corte francesa por un caballero bretón de la corte del rey Arturo, cuyo amor exaltado y adúltero por la reina Ginebra condujo al desastre al reino ideal de Camelot. Por otro lado se encontraban Pedro I de Portugal (1320-1367) e Inés de Castro (1325-1355), quienes vieron truncada su pasión por el deseo del padre del enamorado (Alfonso IV). Éste, al ver que el futuro rey Fernando I de Portugal era un niño frágil mientras que los hijos bastardos de doña Inés eran más robustos y en el futuro reclamarían sus derechos monárquicos, decidió cortar por lo sano y terminar con la enamorada.

Adriano y Antínoo Lo siguiente fue intentar conciliar el amor con el matrimonio, aunque dicho “amor” se concebía como el “amor a Dios”, un amor puro, casto, caritativo, que nacía después del matrimonio. Esto daba sentido al matrimonio entre personas que no se conocían (matrimonios arreglados). Pero no todos quedaron satisfechos, ya que los campesinos no tenían herencias que transmitir. Sin embargo, los tiempos cambiaron (lo cual queda reflejado en numerosas obras literarias y teatrales, donde el amor era el tema más importante: todos querían casarse por amor). No lo hacían porque socialmente no se valoraba el amor, pero los jóvenes deseaban enamorarse y casarse con la persona amada, por lo que este ideal empezó a propagarse.

A finales del siglo XIX, en Europa el estado proponía una versión laica de las obligaciones y deberes que la Iglesia había impuesto durante mucho tiempo. En Francia, el código napoleónico regulaba el matrimonio: la pareja era una familia con un cabeza de familia que tenía todo el poder. La función de la mujer era tener hijos y era propiedad del hombre. Los esposos se debían fidelidad mutua y, mientras que el marido debía proteger a su mujer, ésta debía obedecer a su marido. El divorcio seguía siendo prácticamente imposible y el placer seguía siendo un tabú. No obstante, algunas mujeres empezaron a aventurarse algo más que lo habitual en el terreno de las infidelidades conyugales.

Hasta mediados del siglo XX muchos descubrieron su sexualidad en los burdeles, convirtiéndose así en un lugar de iniciación que permitía a los jóvenes iniciarse en la sexualidad con una mujer con experiencia. Todo lo contrario sucedía a las mujeres, que generalmente llegaban vírgenes al matrimonio. Paradójicamente, el estado condenaba el adulterio por un lado y, por otro, regulaba los burdeles. Y para la mujer casada, el placer seguía siendo un continente inexplorado. Pero entonces tanta prohibición pudo generar muchas expectativas y fantasías en la mujer (es lo que en psicología conocemos como “fenómeno de la reactancia”: respuesta de transgresión ante una amenaza o coacción percibida a la libertad de conducta) y muchas de esas “fantasías” acabaron discriminando transgresiones reales a la norma.

Avanzado el siglo XX aparecieron las primeras demostraciones públicas del sentimiento amoroso (recordemos que hasta 1880 no se podía besar a alguien en la boca en público, pues era un atentado contra el pudor). Los jóvenes vivían y trabajaban en las ciudades, lejos de sus familias, tomando las riendas de su vida. Empezaron entonces a desafiar las normas establecidas, criticando la ley, la tradición y los matrimonios arreglados. Fue cuando se empezó a hablar de pareja tal y como hacemos hoy en día. Los jóvenes empezaron a enviarse postales y cartas románticas. También era la primera vez que el hombre y la mujer empezaban a elegirse (era el principio del fin de los matrimonios arreglados).

En los años 40, después de la II Guerra Mundial, Europa necesitaba niños y la política familiar estaba en pleno apogeo: existían leyes muy estrictas que regulaban la vida privada (promoción de la maternidad y prohibición del aborto). La familia era lo primero y lo más importante. El niño era la razón de ser de la pareja, una vez más. Los hombres trabajaban para llevar dinero, mientras que la mujer se quedaba en casa (incluso muchos defienden que su misión era mantener la casa coqueta para que su marido tuviese ganas de volver a casa después del trabajo, encontrándose así un entorno familiar confortable y agradable). De la mujer se esperaba que, al poco de casarse, estuviese embarazada. Por otra parte, no podía trabajar sin la autorización de su marido (éste era quien le daba una cierta cantidad de dinero cada mes). En aquel momento, a los ojos de la ley, la mujer debía obediencia a su marido. El modelo era la autoridad del hombre (en el matrimonio y fuera de él). El divorcio seguía estando mal visto; de hecho, era propio de “mujeres sin principios” y los hijos de padres divorciados estaban prácticamente “condenados al fracaso”. Nadie recibía a divorciadas, porque estaban solas y se corría el riesgo de contrariar al marido. Se tenía muy en cuenta la opinión del marido, ya que éste representaba el bien y el valor económico. El matrimonio era para toda la vida y no había que divorciarse por los hijos.

A finales de los años 60 se produjo una revolución en Occidente: se protestó contra el orden establecido bajo todas sus formas. De repente empezó a tambalear un modelo que se había venido manteniendo desde hacía miles de años. Era un momento clave en el que se pasó de la noción de familia a la de pareja. El ideal de la pareja se convirtió en el de dos individuos que querían ser felices y desarrollarse juntos, sobre todo sexualmente. Tal es el caso del movimiento de Mayo de 1968, en el que se reivindicaba que los chicos y chicas pudieran ir a los campus universitarios femeninos y masculinos, respectivamente. Muchos estudiosos consideran este movimiento como una reivindicación del propio cuerpo y de la propia sexualidad (tanto del hombre como de la mujer, pues hasta el momento ambos habían tenido que afrontar sus correspondientes prohibiciones). Entonces el placer empezó a no ser pecado y se defendía la libertad en todos sus sentidos. Las prácticas sexuales previamente perseguidas, prohibidas, reprobadas y calificadas de perversas, se convirtieron en prácticas lícitas. Constituyó, pues, una auténtica revolución que fue posible también, en parte, gracias a la comercialización de la píldora anticonceptiva. Esto liberó a la pareja, eliminando la angustia ante la posibilidad de un embarazo no deseado. Para las feministas fue el resultado de una larga lucha. Se podía decidir sobre la maternidad y sobre el placer. También coincidió con el descubrimiento del papel del clítoris en la sexualidad de femenina. Por lo que la familia ya no era un paso obligatorio: la pareja podía existir con o sin niño. Al mismo tiempo, el marido fue perdiendo la autoridad histórica que tenía sobre la mujer; ante la ley, el hombre ya no era el cabeza de familia. A partir de entonces, la mujer podía trabajar sin la autorización del marido, por lo que también constituyó el principio del fin de las amas de casa. Básicamente, se rechazaba la autoridad y las jerarquías (como la de la pareja y la de la familia, en las que normalmente había un jefe -el marido- y por debajo el resto -esposa e hijos-). A partir de este momento, una pareja la constituirían un hombre y una mujer a partes iguales. De hecho, todavía se siguen valorando todas las consecuencias de este cambio. A partir de los años 70 se empezó a plantear la cuestión de la violación conyugal que implicaba que una mujer casada podía ser violada por su marido porque aquél no era el propietario de la mujer y ésta no estaba definida en calidad de esposa, sino que seguía siendo ella misma, por lo que si se negaba, se negaba. Y con esto apareció la posibilidad de divorciarse.

Pero los cambios o revoluciones no han acabado. Todavía hay temas pendientes que tienen que ver con la infidelidad, las parejas homosexuales y la posibilidad de que se casen y/o tengan hijos, el útero artificial, etc. La cuestión es que cuando ya nada se impone ni por la familia, ni por la Iglesia, ni por el estado, cada cual ha de decidir sobre sí mismo, inventando “su propio modelo” (es, como dirían muchos, el precio de la libertad conquistada). Asimismo, el hecho de que en los últimos años hayan acontecido tantos cambios ha “despistado” a muchas personas, quienes no saben muy bien cómo actuar o comportarse. Por otra parte, no olvidemos que hay casos de todo tipo y que hay personas que encuentran la felicidad bajo modelos o tradiciones que uno mismo no compartiría, por eso es preciso respetar a los demás y “abrir la mente” ante tanta diversidad que nos rodea. Una cosa es que nosotros no compartamos o hagamos determinadas cosas (o no fuésemos felices de esa manera) y otra bien distinta es que los demás no puedan hacerlo.

Espero que este pequeño recorrido histórico nos sirva para echar un vistazo a nuestro pasado y aprender de cara al presente y al futuro, pues así nos damos cuenta de que muchos aspectos que se consideraron en su momento “incuestionables” fueron, en realidad, fruto de una simple tradición o atendían a intereses propios de una minoría. Conviene, pues, ser críticos con lo que nos rodea y con nosotros mismos, siempre desde el respeto y la flexibilidad o aceptación, para poder aprender y progresar.

Acerca de Gala Almazán Antón

Correo electrónico: gala.almazan@gmail.com
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