El papel de las etiquetas

Vivimos en un mundo lleno de etiquetas del tipo “Miguel extrovertido”, “Nuria es vaga”, “Ricardo es inteligente”, etc. Esto en principio es adaptativo, pues nos permite resumir muchas experiencias, características, comportamientos, etc. en una sola palabra y así entendernos rápidamente. En la comunidad científica, además, nos es necesario comunicarnos de esta forma, para entendernos entre profesionales (incluso algunas revistas o editoriales te obligan a utilizar estas etiquetas diagnósticas para poder publicar).

Sin embargo, hay que tener cuidado con el uso de estas etiquetas, pues muchas veces llevan implícitas connotaciones (generalmente negativas) que “marcan” o “estigmatizan” a la persona. Y esto es de especial importancia en ámbitos como la psicología o la psiquiatría, donde las etiquetas son frecuentes y pueden llevar a una especie de “condena”.

Hay que tener en cuenta que las etiquetas son meras descripciones verbales, nunca explicativas (sino descriptivas), que resumen conjuntos de comportamientos o características. Cuando decimos que “Nuria es vaga” posiblemente estamos queriendo decir que “le cuesta llevar su trabajo al día”, “se distrae con frecuencia”, “prefiere dedicar su tiempo a placeres que a obligaciones”, etc. Pero estas conductas no explican ni son explicadas por la “vaguería”, esto es, no hay nada dentro de nosotros que se llame “vaguería” ni existe una entidad real o física conocida como tal que nos haga comportarnos así. Es al revés: nos comportamos generalmente (con frecuencia y en diferentes contextos) de una forma, de manera que la gente de nuestro alrededor concluye, con una simple etiqueta, cómo somos.

En este sentido, hay que tener cuidado de no caer en las tautologías del tipo: “soy sociable, porque salgo mucho y me relaciono con mucha gente”, pero “salgo mucho y me relaciono con mucha gente porque soy sociable”. En realidad, como podrán comprobar, estamos diciendo lo mismo. Por lo que podemos concluir que “ser sociable” = “salir mucho, relacionarse con gente, hablar sin problemas, etc.”. Ese signo “=” quiere decir que estamos diciendo lo mismo, pero una cosa no explica la otra, esto es, no nos comportamos así porque seamos sociables, sino porque hemos aprendido a actuar de esa manera, según en qué contextos o bajo la influencia de ciertos estímulos, y ese comportamiento se mantiene en nosotros (o se ha generalizado) por las consecuencias obtenidas. Sería lo mismo que decir “me he quedado en números rojos porque me he quedado sin dinero o me he quedado sin blanca o estoy a dos velas“. Cualquiera de esas expresiones es válida, pero ninguna explica a la otra (no me he quedado en números rojos porque esté sin blanca, es lo mismo en uno y otro caso, mientras que me habré quedado sin dinero porque me lo habré gastado, no habré ganado mucho este mes, habré tenido gastos o compras que no me podía permitir, etc.).

Por ejemplo, en este artículo (http://www.consumer.es/web/es/salud/psicologia/2010/11/14/197027.php) la explicación se queda a medias, pues se sigue apelando a constructos “internos” que no dejan de ser descriptivos y NUNCA EXPLICATIVOS. Sin embargo, se utilizan como explicativos de problemas de conducta, cuando en realidad sólo describen (como etiquetas verbales que son). Por lo que es necesario que los profesionales de la conducta sepamos evaluar y explicar adecuadamente los problemas del comportamiento (psicológicos). Hay que tener en cuenta que, en realidad, de nada sirve quedarnos en las etiquetas pues, mientras que en un modelo médico sirven (para prescribir un tratamiento farmacológico), en el modelo psicológico no, pues el tratamiento ha de depender exclusivamente del análisis funcional (donde las etiquetas son irrelevantes).

Hablemos, por poner un ejemplo, de una de las etiquetas que con mayor frecuencia nos encontramos en psicología: la autoestima. Muchos le dan a la “autoestima” un valor explicativo pero, como he dicho antes, decir que “alguien tiene una baja autoestima” es simplemente describir en pocas palabras un conjunto o serie de comportamientos que es muy probable que se den en una persona (alta frecuencia de pensamientos o verbalizaciones negativas -sobre todo relativos a sí mismo, a su vida, a su futuro, etc.-, patrón evitativo de comportamiento, falta de reforzadores, etc.). El profesor Tomás Jesús Carrasco (*), ha conseguido explicar operativamente la autoestima aludiendo a la conducta verbal que describe la existencia de una relación entre el propio repertorio comportamental de la persona (su patrón de comportamiento) y/o la propia morfología corporal y una exposición frecuente a estímulos positivos y/o la evitación o escape de estímulos negativos. Efectivamente, la autoestima es la percepción o valoración global o general que hacemos de nosotros mismos en función de nuestra historia de éxitos y/o fracasos, de las experiencias que tenemos en el presente y de las experiencias futuras (que, a su vez, tenemos en función de nuestras experiencias pasadas y presentes). Por lo que es la valoración generalizada que hacemos de nosotros mismos, esto es, al igual que podemos reflexionar y valorar ciertos aspectos de la vida (personas, objetos, animales, situaciones, etc.), también podemos reflexionar sobre nosotros mismos (nuestra trayectoria, nuestras circunstancias, nuestros éxitos y fracasos, etc.). Es esta reflexión la que nos permitiría hacer una valoración global en términos positivos o negativos en función de los sentimientos o emociones que elicite. Y esta valoración surge de nuestro comportamiento en diversas áreas de la vida (social, académica, profesional, personal, sentimental o afectiva, etc.).

(*) Tomás Jesús Carrasco es profesor titular de la Universidad de Granada especializado en análisis funcional y en tratamiento de la conducta clínica en adultos. Es fundador y presidente de honor de ABA España, formando parte de la junta directiva.

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