“Más Platón y menos Prozac”

Así es el título de uno de los libros con mayor éxito de ventas del terapeuta estadounidense Lou Marinoff que viene a defender lo que quiero explicar en este artículo.

Cada vez son más los psicofármacos que se recetan ante gran variedad de problemas: una depresión, problemas de sueño, una ruptura sentimental, la mala relación con los hijos, etc. De modo que píldoras para combatir el estrés, la ansiedad o los trastornos del sueño circulan de mano en mano, prescritas por el médico correspondiente cuando no son recomendadas por algún conocido.  Y el perfil es cada vez más joven (chicos que acuden a consulta porque han discutido con su pareja). Muy pocos llegan a la consulta de su médico pidiendo atención psicológica.

Incluso muchos llegaron a hablar de “la generación Prozac”. Lógicamente, hay enfermedades mentales (con etiología orgánica o biológica) que precisan medicación. Asimismo, hay muchos trastornos que precisan de un tratamiento farmacológico al menos inicialmente (hasta que la persona se encuentra en disposición de empezar a introducir cambios -más allá de la mera ingesta de fármacos- que mejoren su problemática). Sin embargo, los profesionales en el campo de la salud mental nos estamos encontrando con una tendencia a la medicalización de situaciones cotidianas (fenómeno que ya advirtió la prestigiosa revista científica British Medical Jorunal hace tiempo, entre otras). Sólo por dar unos datos:

  • Más de 41 millones (concretamente 41.203.879) de envases de ansiolíticos y de 23 millones (23.990.412) de antidepresivos se recetaron en 2007, según datos del Ministerio de Sanidad (eso sí, algo menos que en 2006, con 43.856.219 y 24.682.891 envases expedidos, respectivamente).
  • En España, sólo el coste de la depresión ronda al año los 745 millones de euros anuales, el 53,5% en costes directos.

Estos fármacos suelen ser recetados por médicos de atención primaria, neurólogos, psiquiatras o geriatras, entre otros especialistas, pues los psicólogos, como en otros muchos países de la UE, no pueden prescribir fármacos. Esto es lógico, pues nuestro modelo de trabajo no ha de basarse en el médico, sino en el psicológico. A diferencia de los médicos, nosotros no diagnosticamos para tratar quirúrgica o farmacológicamente, sino que evaluamos para intervenir psicológicamente (con técnicas de intervención adecuadas a cada caso, en base al análisis funcional del problema). Pero la gente llega a la consulta  pidiendo pastillas, pues quiere solucionarlo “todo y ya”.

En línea con lo que muchos profesionales defienden (entre ellos Vicente Prieto Cabra, especialista en psicología clínica), parece que a favor del consumo de pastillas juegan cantidad de factores:

  • Una variabilidad farmacológica tremenda.
  • Hay permisividad social, pues la gente parece no considerarlos medicamentos o fármacos (con sus efectos secundarios, sus riesgos de dependencia, etc.). Se ha banalizado la percepción de sus efectos a medio y largo plazo.

Efectivamente, hay una tendencia a consumir el fármaco al menor síntoma y también a la automedicación, con los riesgos que ello implica. El uso de psicofármacos ya está incorporado a la normalidad. Internet juega también un importante papel en este sentido. El lema es “solución inmediata y lo más exitosa posible”. Prima la inmediatez, la urgencia de las perosnas por solucionar sus problemas y superar rápidamente su sufrimiento. Incluso los propios médicos lo reconocen, tal y como defiende Elvira Díaz de Tuesta (médico de familia).

En este sentido, dada la duración y el coste de los tratamientos psicológicos (en la atención privada, una sesión de terapia suele costar entre los 70 y los 150 euros), éstos suelen ocupar un segundo plano. Sería preciso un cambio “de fondo” en el actual sistema de salud (tal y como María Xesús Froján defiende en la siguiente entrevista: http://www.infocop.es/view_article.asp?id=2949&cat=39) para cambiar esto. La economía es una barrera y es injusto que no pueda acceder más gente a estos tratamientos, pues la atención pública es muy deficitaria en tanto en cuanto ven a la persona una vez al mes, como mucho. Los servicios de salud mental están saturados, con periodos de tres y cuatro meses de demora. Cuando la persona recibe atención, es visto una vez cada tres o cuatro semanas.

Por otra parte, vivimos en una época en la que se prima la eficacia, la inmediatez, la rapidez… el “quiero todo y ahora”. Hay poca tolerancia a los reveses, al conflicto y al dolor. Eso sin sumarle las condiciones de trabajo cada vez más precarias (y agravadas además por la crisis), generaciones que han desterrado de su vocabulario las palabras “frustración”, “sufrimiento”, etc. y “un mejor nivel de vida que no ha venido acompañado de mayor calidad de vida” (en palabras de la antropóloga Nuria Romo). Por eso se recurre rápidamente a la pastilla, aunque en realidad se trate de una solución momentánea, una terapia de choque, que no enseña estrategias o habilidades a largo plazo y que simplemente cronifica el problema (manteniéndose éste sin resolver).

Como una pescadilla que se muerde la cola, el uso injustificado y desmesurado de psicofármacos implica menor capacidad a la hora de afrontar o tolerar conflictos o frustraciones. Las personas no se dan el tiempo ni la oportunidad de aprender a afrontar dichos problemas de otra forma. De hecho, hay una relación directa entre la inmediatez que imponen los tiempos que corren y la incapacidad de enfrentarse a situaciones cotidiana snormales. El problema es que nos dejamos llevar por las consecuencias a corto plazo, sin advertir las más demoradas. Los psicofármacos consiguen, con el mínimo esfuerzo por parte de la persona (sólo basta ingerir una pastilla), resultados gratificantes y rápidos. La terapia psicológica, por contraposición, implica esfuerzo, tiempo y dinero (eso sin contar con que muchas veces la persona tiene que asumir parte de la responsabilidad de su problemática). Como quien acciona una palanca, nos estamos acostumbrando a obtener la “pastilla-milagro” que acabará, de un plumazo (según se cree), con una insatisfacción o malestar. Y el problema es que se está convirtiendo en un gesto cada vez más cotidiano que va camino de convertirse en un acto reflejo (un automatismo) debido a la creciente medicalización de los estilos de vida. Ya hablé en otro artículo cómo la industria farmacéutica viene influyendo desde los años 50 para que se medicalicen situaciones cotidianas. Tal es el caso de las disfunciones sexuales o el hecho de que del total de tranquilizantes recetados en España hasta Octubre de 2008, el 89,29% eran marcas comerciale sy el resto (10,71%) genéricos, según la consultora IMS Health. Orfidal, Tranquimazin, Lexatín, Diazepam (genérico), Tranxilium y Alprazolam (genérico), fueron los “tranquilizantes” más recetados en España, según datos de IMS Health correspondientes a Septiembre de 2008.

Y qué duda cabe de que también contribuye a ello el excesivo uso de etiquetas diagnósticas o, como dicen algunos autores, los “felices hallazgos de los síndromes”. Es decir, se tiende a abusar “con frivolidad” de síndromes psicológicos (como por ejemplo “el posvacacional”). Dicho en pocas palabras, algo que es meramente fastidioso (como volver al trabajo tras las vacaciones), se está medicalizando o convirtiendo en carne de cañón psiquiátrica. A continuación os muestro un vídeo que hace, al menos, reflexionar sobre la necesidad de adoptar una actitud crítica con lo que nos rodea. Es importante cuestionar los mensajes que nos llegan, al igual que muchas veces tenemos que cuestionar incluso nuestros propios pensamientos (no por pensar algo muchas veces es más cierto, ni porque nos repitan una y otra vez el mismo mensaje es más válido). En el caso del ámbito de la salud, desgraciadamente hay muchos intereses detrás (como los intereses económicos propios de la industria farmacéutica) que llegan al punto de querer “inventar” o “crear” trastornos o enfermedades (cogiendo un conjunto de síntomas y bautizándolos de algún modo). No hay que olvidar lo que pasó con la Gripe A, por ejemplo.

¿Esto quiere decir que los fármacos no sirven para nada? NO, pues claro que sirven. En el ámbito de la salud mental o psicológica, también son útiles, pero para casos puntuales y sobre todo al inicio de un tratamiento (en caso de necesitarse) y como “medida de choque”. Hay que tener en cuenta que a largo plazo no enseñan estrategias de aprendizaje, habilidades o técnicas necesarias para que la persona pueda afrontar determinadas situaciones sin necesidad de recurrir a una pastilla. Las personas entonces adoptamos un papel pasivo (la propia palabra “paciente” lo indica, por eso los psicólogos somos reticentes a llamar así a nuestros <<clientes>>) al limitarnos exclusivamente a tomar las pastillas y esperar que surtan efecto. De esta manera vivimos “condenados” a depender siempre de los fármacos para poder estar bien.

¿Cuál es el problema de esta forma de proceder? Que, en el “mejor” de los casos, haya que depender siempre de ellos (y, al fin y al cabo, es química que metemos en nuestro organismo). En el peor de los casos, el organismo se va habituando a sus efectos y cada vez son necesarias más dosis para obtener el mismo efecto, creándose incluso una dependencia física o química (el famoso “síndrome de abstinencia” se caracteriza por síntomas molestos fruto de la reacción del organismo ante la falta de una sustancia a la que se había habituado previamente, de manera que la persona ha de consumir, ya no tanto para sentirse bien, sino para dejar de sentirse mal).

En este sentido, recomiendo el libro de Marino Pérez: “La invención de los trastornos mentales”. En él queda reflejada la tendencia a inventar trastornos y enfermedades para ponerles nombres y así poder darles un tratamiento farmacológico, una tendencia muy frecuente en el modelo médico y que ya he comentado anteriormente. En la mayoría de los casos, sin embargo, los psicólogos no tratamos con “enfermedades mentales”, sino con problemas de aprendizaje: problemas de una naturaleza muy distinta (comportamental o conductual, no biológica u orgánica), por lo que el tratamiento no ha de ser el mismo.

(*) Libros relacionados:

– Pérez, M. y González, H. (2007). La invención de los trastornos mentales: ¿escuchando al fármaco o al paciente?. Madrid, Alianza.

– Marinoff, L. (2002). Más Platón y menos Prozac. Madrid Suma de Letras.

Anuncios

6 comentarios en ““Más Platón y menos Prozac”

  1. Pingback: “La verdad sobre la autoayuda” | Gala Almazán Antón

  2. Pingback: Uno de cada cinco trabajadores padece enfermedades mentales | Gala Almazán Antón

  3. Pingback: ¿Debe un psicólogo saber de todo y atender cualquier demanda? | Gala Almazán Antón

  4. Pingback: ¿Test genético para el tratamiento de la depresión? | Gala Almazán Antón

  5. Pingback: La alianza entre la psiquiatría y la industria psicofarmacológica: Reflexión sobre la entrevista a Daniel Carlat | Miriam Rocha Díaz

  6. Pingback: Los psicofármacos y el modelo de salud mental en tela de juicio (Psiquiatría y Psicofármacos Parte 2) | Miriam Rocha Díaz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s