¿Qué es la inteligencia emocional?

     Mucho se habla ahora de la llamada “inteligencia emocional”, un concepto tan puesto de moda como ocurrió con otros tantos (“depresión”, “autoestima”, “estrés”, etc.), ¿pero qué implica realmente? Sin ánimo de extenderme demasiado, voy a intentar explicar en términos conductuales qué supone este “tipo de inteligencia”.

En línea con lo anterior, podemos encontrar a lo largo de la tradición psicológica, diferentes autores que han defendido la existencia de diferentes tipos de inteligencia. Sin entrar en este tema o debate, todos podemos estar más o menos de acuerdo, que existen capacidades o habilidades verbales y no verbales que difieren de unas personas a otras. Asimismo, no debemos obviar que nuestro sustrato es de tipo biológico y que en él se sustenta todo lo demás, por lo que lógicamente tiene su influencia. En este sentido, es preciso dedicar unas líneas a la forma en que nuestro cerebro evolucionó. El “cerebro emocional” (las partes encargadas de estas funciones más emocionales -entre ellas, el sistema límbico-) existió mucho antes que el “cerebro racional”. Este sistema, en interacción con otros sistemas de nuestro organismo, es capaz de controlar respuestas muy automáticas e inmediatas, sin necesidad de que medien estructuras cerebrales superiores (pues no existían hace millones de años); es por esto por lo que muchas de nuestras reacciones sean automáticas, impulsivas, “careciendo de razón”. Conforme evolucionó nuestro cerebro, refinamos nuestras capacidades de aprendizaje y memoria. Hace 100 millones de años el cerebro de los mamíferos tuvo un desarrollo repentino en el que apareció la neocorteza o neocórtex, la cual nos ofreció una ventaja intelectual extraordinaria, dándonos la capacidad de pensar. Y, como sabemos, la neocorteza del Homo Sapiens es mucho más grande que en cualquier otra especie y por eso se dice que es “lo que nos ha hecho humanos”. Gracias a ella pensamos, analizamos, asociamos ideas, creamos el arte, la cultura, etc.

Las emociones, por tanto, pertenecen al conjunto de vida humana y, por ende, se engloban dentro de lo que en psicología denominamos conducta o comportamiento. Pero dentro de lo que entendemos por conducta, también debemos considerar las cogniciones (pensamientos, imágenes, creencias, ideas, etc.) y las acciones (las cosas que llevamos a cabo en un determinado momento). En definitiva, podríamos concluir que TODO ES CONDUCTA y lo demás (factores, sucesos, variables, etc. que escapan del control del individuo) pertenecería al entorno con el que la persona está en constante interacción.

Como hemos explicado antes, las emociones tienen un sustrato biológico más “antiguo”, podríamos decir, que las cogniciones, por ejemplo. Se trata, en definitiva, de reacciones del organismo que suponen un desequilibrio o desajuste. Estas reacciones (señal de que estamos vivos) pueden ser tremendamente adaptativas y por eso se mantienen, pero a veces juegan malas pasadas, sobre todo si no se saben gestionar bien. Y es que el resto de capacidades, habilidades o conductas que una persona puede llevar a cabo influyen sobre las emociones, y al revés, las emociones influyen sobre el resto de componentes de nuestro comportamiento (al igual que una persona influye en su entorno pero a su vez se ve incluida por él). Dicho en pocas palabras: TODO SE RETROALIMENTA.

Por lo que la llamada inteligencia emocional supondría la capacidad de saber gestionar correctamente las emociones, esto es, saber guiar nuestro comportamiento en base a ellas (en mayor o menor medida) atendiendo a las circunstancias de cada momento. Así supo verlo el gran filósofo griego Aristóteles al decir que “cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo, pero enfadarse con la persona adecuada, en la intensidad o grado exactos, en el momento oportuno, por el motivo correcto y de la forma correcta, eso ciertamente no resulta tan sencillo“. Efectivamente, todos nos emocionamos en algún momento (tenemos ataques de rabia, nos entristecemos, nos ponemos muy alegres y eufóricos, etc.), pero el cómo manejemos eso será crucial para desenvolvernos con éxito en nuestro entorno y tener una vida mucho más adaptada y satisfactoria. Emocionarnos es sano e incluso necesario, pues sólo hay que plantearse que si “esto viene de lejos” es porque ha sido crucial para nuestra supervivencia. Efectivamente, nuestros antepasados guiaban mucho su comportamiento en base a estas reacciones, pues entre otros motivos carecían de capacidades o habilidades cognitivas superiores que les ayudasen también a decidir, planificar, anticipar, predecir, imaginarse, etc. En definitiva, en algún momento temprano de nuestra historia evolutiva, las emociones fueron una piedra angular en nuestra supervivencia.

Hoy día podemos gozar de estas habilidades (podemos también mejorarlas y entrenarlas o modificarlas). Pero esto no implica que haya que dejar a las emociones de lado, pues son necesarias y adaptativas, ya que nos ofrecen valiosa información en el momento de tomar decisiones y guiar nuestro comportamiento. De nuevo, la virtud está en el punto medio (ya lo decían los griegos), sabiendo encontrar el equilibrio entre la emoción y la razón, y sobre todo, “saber sacar el registro adecuado en el momento adecuado”.

Es, pues, preciso APRENDER a manejar bien las emociones y aquí planteo otra de las cuestiones que más se debaten hoy en día: ¿se nace con inteligencia emocional o ésta se puede aprender? Lógicamente, la inteligencia emocional es un constructo o entidad abstracta que describe (no explica) una serie de habilidades o capacidades que podemos adquirir con la práctica y un buen asesoramiento. Entre estas habilidades encontramos la de ser capaz de motivarse y persistir frente a las decepciones, controlar el impulso y demorar la gratificación, controlar los cambios de humor y evitar que nos supongan un problema (es más inteligente y adecuado estar triste ante una situación de malestar, que estar “desesperado o hundido”). Y en esto juegan un papel fundamental el resto de componentes de la conducta humana: los pensamientos y las acciones que llevamos a cabo.

Las personas que saben identificar, conocer y manejar bien sus propios sentimientos o emociones e interpretan y se enfrentan con eficacia a los sentimientos de los demás, cuentan con ventajas a nivel sentimental (relaciones amorosas e íntimas), personal (tienen más probabilidades de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida, dominando los hábitos que favorezcan su propia productividad), profesional (las personas que no pueden poner cierto orden en su “vida emocional” libran batallas que sabotean su capacidad de concentrarse en el trabajo y tienen dificultades para pensar y decidir con claridad), etc. De ahí la importancia de disponer o adquirir habilidades emocionales bien desarrolladas.

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