¿Por qué Tippi no tiene miedo?

Quiero aprovechar estas impresionantes fotos no sólo para que todos disfrutemos de ellas, sino para reflexionar acerca de los procesos de aprendizaje implicados en los miedos y fobias que muchas personas desarrollarían a animales como éstos. Los interesados en el contenido de este artículo pueden ir leyendo párrafo a párrafo, sirviéndose de estas magníficas ilustraciones como ejemplo; no obstante, también invito a aquéllos que no estén tan interesados en la psicología, a disfrutar de las fotos sin necesidad de detenerse a leer las explicaciones teóricas.

Estas fotos son un claro ejemplo de cómo los miedos y las fobias atienden a procesos de aprendizaje. Cuando en psicología hablamos de fobias específicas, nos referimos a reacciones intensas de miedo acompañadas normalmente de respuestas o reacciones de escape y/o evitación inducidas por las situaciones (reales o anticipadas) que objetivamente no justifican tales respuestas. Por tanto, se producen ante estímulos concretos, son selectivas, de fácil adquisición, resistentes a la extinción e irracionales. Cabe ahora preguntarse, entonces, si escapar de animales como los reflejados en las fotografías es realmente racional o irracional, pero eso lo dejaré para más adlenate.

El miedo es una respuesta muy conocida por todos y de hecho es frecuente que una misma persona desarrolle varios miedos (ej.: a ser atracado en una calle oscura y poco transitada y a ser mordido por un insecto venenoso). Ahora bien, generalmente estos miedos no impiden que sigamos saliendo a la calle o al campo, enfrentándonos así al riesgo. Pero si, por el contrario, empezamos a escapar y/o a evitar ese tipo de situaciones, no siendo capaces de plantarles cara, estaremos desarrollando con una alta probabilidad un problema fóbico. La principal diferencia, pues, entre el miedo “normal” y la fobia estaría en el grado de incapacidad para afrontarlo o en el grado de incapacitación en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, una persona que vive en el décimo piso y es incapaz de subir en el ascensor (teniendo que subir y bajar esos pisos 4 veces diarias) estará en cierta medida invalidada por su miedo (teniendo que emplear mucho tiempo y esfuerzo en subir y bajar escaleras). En casos así, decimos que esa respuesta de miedo es anormal o desadaptativa (por eso la llamamos fobia). El miedo en principio es una respuesta del organismo que se ha venido manteniendo a lo largo de los años por algo: nos ha servido para huir o afrontar situaciones peligrosas que atentaban contra nuestra supervivencia. La respuesta de ansiedad es una respuesta normal de activación del organismo que resulta adaptativa en numerosas situaciones. El organismo ya viene dotado con la capacidad innata de alterarse o activarse y muchos de los síntomas fruto de esa activación (y dependientes del Sistema Nervioso Simpático) son los que etiquetamos como “ansiedad”. Es cierto que aquí podemos encontrar diferencias individuales en la manera de reaccionar ante determinados estímulos de nuestro entorno; esto es, parece haber una reacción diferencial marcada por nuestro Sistema Nervioso de una manera heredada (algunos hablan de “grado de sensibilidad”). Ahora bien, todo lo demás (y que se desarrolla después) es aprendizaje y tiene la capacidad de influir o modular nuestra forma habitual de reaccionar. Dicho de otra manera, la herencia genética puede hacer que haya personas que tengan una especial sensibilidad (predisposición) para captar cambios en su entorno que puedan resultar amenazantes o que les hagan reaccionar de forma más rápida o intensa. Existe, por ejemplo, un área cerebral (septo-hipocámpica) que funciona como un comparador: si ocurre algo en el entorno que se sale de lo habitual y no está almacenado en la memoria, saltan todos los sistemas de alarma de nuestro organismo. Lo fundamental está en cómo luego se maneja toda esa activación (a qué conductas da lugar, qué hace la persona para contrarrestarla o combatirla, etc.). Como sabemos, la conducta y la química están interrelacionadas: la química puede predisponer (por eso nosotros la incluimos dentro de las variables “disposicionales”), aunque no determinar la conducta que llevemos a cabo y ésta, por su parte, puede influir a su vez en la química de nuestro organismo.

¿Cómo puede llegar a ser adaptativa la respuesta de ansiedad? Todo organismo viviente necesita disponer de algún mecanismo de vigilancia para asegurar su supervivencia y la ansiedad cumple ese papel en numerosas situaciones. Así, es normal y deseable que una persona tenga miedo cuando se avecina un peligro real, pues estará en mejor disposición de afrontarlo o de huir. Es cierto que la ansiedad es desagradable. De hecho, las respuestas fisiológicas implicadas son muy diversas e involucran a todos los sistemas del organismo: sudoración, dilatación de las pupilas, aceleración cardíaca, tensión muscular, temblor, sequedad de boca, respiración agitada, opresión o dolor torácico, sensación de nudo en el estómago, náuseas, hormigueo en extremidades, etc. Pero todo tiene su explicación (ej.: sufrimos palpitaciones porque el corazón comienza a bombear más sangre para los músculos). Entonces, ¿cuándo se considera que la ansiedad es patológica?

  • Cuando aparece en contextos inapropiados o ante estímulos inofensivos (ante la inminencia de un “peligro” que no es evidente para los demás). Es, pues, una respuesta descontextualizada.
  • Cuando la reacción fisiológica es demasiado intensa, elevada o desproporcionada, así como persistente, duradera o mantenida en el tiempo. No obstante, hay que saber que esa respuesta de sobre-activación no puede durar indefinidamente, pues al igual que el organismo está diseñado para reaccionar de este modo ante posibles amenazas, también está diseñado para recuperar el equilibrio (gracias a la intervención del Sistema Nervioso Parasimpático).
  • Cuando interfiere con la vida cotidiana de la persona, reduciendo su rendimiento general y provocando grandes inversiones de recursos (tiempo, esfuerzo, dinero, etc.).
  • Cuando la persona considera o interpreta que “no puede controlarla” y/o lleva a cabo conductas de escape y/o evitación que, lejos de solucionar el problema, lo mantienen o incluso agravan.

Ahora bien, si bien el componente fisiológico de la respuesta de ansiedad se ha mantenido prácticamente sin cambios con el paso de la evolución, los estímulos estresores o generadores de miedo han ido variando. Y, lo más importante, mientras que hay respuestas de miedo adaptativas (ej.: ver a una persona con aspecto extraño en un callejón oscuro y sin salida me puede dar miedo y, consecuentemente, no me acerco reduciendo la probabilidad de que me ocurra algo), hay otras innecesarias o desproporcionadas que, lejos de ayudar, nos perjudican. Pero esto, lógicamente, atiende a parámetros individuales, esto es, cada caso es distinto y lo que para uno puede constituir un problema, para otro no (ej.: un empleado de Faunia -en la sección de reptiles- con fobia a este tipo de animales puede que tenga un problema mayor que una persona que no tiene que frecuentar este tipo de situaciones en su vida cotidiana). Por tanto no es una cuestión de cualidad (“Fulanito es fóbico, mientras que Menganito no”), sino de cantidad. Lo que cabría preguntarse es: ¿en qué medida este miedo me está suponiendo más inconvenientes que ventajas? ¿es desproporcionado -en intensidad- o está descontextualizado o, por el contrario, atiende a parámetros objetivos de la situación?

El caso es que para atenuar ese malestar (miedo o ansiedad), las personas tratamos de escapar y/o evitar tales circunstancias, modificando y limitando muchas veces nuestras actividades cotidianas (ej.: quien tiene fobia a los pájaros puede empezar evitando las plazas donde es probable encontrar estos animales y acabar confinándose en lugares que para él o ella son “seguros”). Muchas personas sufridoras de este problema normalmente no demandan ayuda terapéutica (al menos en principio) porque pueden sustraerse fácilmente de la presencia de estos estímulos. Dicho de otra forma, las conductas problemáticas que una persona pudiera llevar a cabo en el momento presente (si acabara acudiendo a consulta), en su momento puede que no le supusiesen mucho problema en tanto en cuanto constituyeron estrategias a las que recurrió por entonces comprobando que, de alguna manera, funcionaban. Y esto lo van aplicando en su día a día, manteniéndose porque alivian la ansiedad (recordemos que no hacemos cosas porque sí, sino que las conductas que se mantienen lo hacen porque obtienen ganancias). El problema viene cuando estas conductas se mantienen por mucho tiempo, volviéndose la persona “esclava” de dichos comportamientos. De manera que si estas personas se encuentran de repente con su objeto fóbico, invariablemente tienden a huir lo más rápido posible. Y lo único que se aprende de este modo es que la huida tiende a ser cada vez más rápida (sin que se resuelva el problema). Y, desafortunadamente, existen muchas situaciones difíciles de evitar (ej.: encontrarse algún perro, viajar en coche o en transporte público, etc.), por lo que la vida de quien ha desarrollado esta clase de fobias (en el sentido amplio de la palabra) puede resultar seriamente desadaptativa. Por el contrario, la resolución de este problema permite obtener muchos beneficios (ej.: ganar tiempo para hacer otras cosas, ahorrar dinero, mejorar la relación con los demás, niveles “normales” de activación, etc.). Por otra parte, la falta de comprensión de otras personas es más preocupante cuanto más inofensivo y vulgar sea el objeto.

Pero, ¿cómo se originan y mantienen estas fobias? Existen muchas explicaciones en psicología sobre el origen de las fobias. Me voy a centrar en las teorías más aceptadas (y avaladas científicamente, con base experimental). En línea con esto, autores como Seligman defienden que los estímulos difieren en su “potencial de condicionamiento”, esto es, que existe una preparación filogenética o biológica del organismo para adquirir fobias ante estímulos específicos. Por lo que el organismo es selectivo para condicionarse ante determinados estímulos (ej.: serpientes, arañas venenosas, etc.) con mayor facilidad que ante otros. Ahora bien, como sabemos, todo proceso humano responde a una base biológica y a procesos de aprendizaje (que puede llegar a modular incluso esa predisposición biológica). Si juntamos esto con la teoría de Seligman, los estímulos de bajo potencial se condicionarían en términos pavlovianos estrictos (condicionamiento clásico –explicado más adelante-), mientras que los estímulos de alto potencial se condicionarían de un modo mucho más sutil por su capacidad de generar miedo y ansiedad. Vamos a explicar esto más detenidamente. Efectivamente, en el caso de las fobias, un tipo de aprendizaje predominante (aunque no el único) es el aprendizaje por condicionamiento clásico. Hacia 1920 del siglo pasado, Pavlov, un científico ruso, demostró la existencia del reflejo condicionado (RC). Esto significa que se puede aprender mediante la asociación de dos fenómenos: si dos estímulos, uno desagradable o agradable y otro indiferente o neutro eran cercanos en el tiempo, el objeto neutro podría transformarse en desagradable o agradable para el sujeto (esto es, adquiría propiedades elicitadoras). Para demostrar ese principio, otro científico, Watson, llevó a cabo un experimento en un bebé de once meses llamado Albert. No era un niño miedoso y, como su madre era enfermera, estaba familiarizado con el medio hospitalario (al igual que Tippi parece estar familiarizada con su entorno salvaje). Entonces le presentaron varios animales, máscaras desagradables, papeles quemándose, etc. sin que expresara ningún temor. El objetivo era generar una fobia experimentalmente. El método consistía en presentarle una rata blanca (estímulo neutro o EN, pues previamente no le generaba ningún miedo) al niño y cuando él se acercase, producir un ruido a su espalda de forma súbita y repentina (estímulo incondicionado o EI, pues cualquiera se asusta o reacciona ante un estímulo así). Efectivamente, el niño se asustaba y lloraba (RC). Al cabo de una semana, repitieron el experimento y en el mismo momento en que se situó la rata delante del niño, éste rompió a llorar. Incluso en poco tiempo, su temor se generalizó a otros animales.

¿Podría ocurrirle a Tippi algo así? Fijémonos en ella. Aparte de haber nacido en un entorno muy salvaje (lo cual sin duda favorece la habituación a esta clase de situaciones), vive rodeada de personas que interactúan con este tipo de animales, sin mostrar miedo o rechazo. Ella, pues, lo ha vivido como algo natural, tanto por medio de experiencias directas como vicarias (observando a otros de su entorno). Podemos decir, por tanto, que su historia de aprendizaje difiere bastante de la que podamos tener la mayoría de las personas que vivamos en ciudades o en entornos bien distintos. Lógicamente, muchos pensaréis que probablemente esta niña haya tenido alguna experiencia negativa con alguno de estos animales (ej.: una picadura grave, un mordisco o arañazo, un susto con algún animal, etc.) y, sin embargo, no parece haber desarrollado ninguna fobia (si atendemos a las fotografías) como el pequeño Albert. ¿Cuál es la diferencia? Seguramente se encuentre en cómo se han afrontado o abordado dichas experiencias desagradables. Seguramente, tanto Tippi como su entorno más cercano lo haya vivido como una experiencia desagradable, sin más, de la cual hay que aprender para intentar que no vuelva a ocurrir (simplemente tomando las precauciones necesarias). De esta manera, es muy probable que no sólo consigan tener menos incidentes de ese tipo, sino que además aprendan a relacionarse mejor con esta clase de animales. Y, lo más importante, Tippi se habrá seguido exponiendo a esa clase de entornos, situaciones o animales, de manera que ha podido ir comprobando que los incidentes son poco frecuentes si se toman las precauciones oportunas o si uno aprende a desenvolverse bien con este tipo de animales. Ahora bien, una persona que no está habituada a esa clase de entornos, que tiene una experiencia negativa con alguno de estos animales y que encima percibe que su entorno está alarmado y muy asustado (o se asustaría en una situación semejante), probablemente aprenda otra cosa muy distinta o reaccione de forma muy diferente. El resultado es que, en experiencias sucesivas, probablemente la persona sienta un miedo muy intenso que le lleve a escapar o evitar situaciones de ese tipo (como ocurrió con Albert). En definitiva, no todas las personas que experimentan incidentes desagradables acaban generando fobias (ej.: una persona puede estar cocinando un día y quemarse -EI-RI- experimentando mucho dolor, pero no por ello condicionar la sartén, la vitrocerámica o el hecho de ponerse a cocinar); por lo que hay otros factores implicados.

Conviene tener presente que las personas aprendemos de diferentes maneras: por experiencias directas (como las descritas anteriormente), por experiencias indirectas (por imitación -aprendizaje vicario- o comunicación de otros) y por la lógica. Cabe destacar la importancia del aprendizaje vicario en los procesos fóbicos, tal y como muestran los estudios con monos criados en laboratorio que, al reunirlos otra vez con sus padres, al cabo de pocos minutos acaban reproduciendo las mismas reacciones fóbicas de éstos ante las serpientes. En los humanos, los padres son los transmisores privilegiados, ya que además pueden utilizar la comunicación verbal. Pensemos en la madre que deja a su hijo en la escuela por primera vez: el niño empieza a jugar tranquilamente, pero, antes de salir, la madre se gira, con cara de pena y le advierte: “no tengas miedo ni llores, pues volveré pronto.” Y en ese preciso momento, el niño empieza a llorar. Por lo que si bien nuestro cuerpo viene genéticamente preparado para poder activarse y reaccionar ante determinados estímulos, en gran medida la educación de nuestros hijos consiste también en hacerles aprender a sentir miedo o ansiedad ante circunstancias o situaciones que pueden llegar a ser peligrosos (ej.: es deseable que los niños teman los enchufes eléctricos para prevenirles de la experiencia de sentir una descarga -sin necesidad de que tengan que introducir ellos los dedos en el enchufe-). Por eso muchos padres alertan a sus hijos con un fuerte grito o incluso con un cachete cuando éstos acercan unas tijeras abiertas a un enchufe. Lo que probablemente no saben es que el niño, al asustarse bastante, asocia o relaciona el enchufe con una sensación desagradable de activación o miedo o con el dolor derivado del cachete recibido (por eso decimos que si el niño aprende a dejar de tocar los enchufes es que ese grito o cachete han funcionado como castigo positivo de la conducta inadecuada). Asimismo, los padres sobreprotectores pueden decirle a sus hijos “que se aparten, porque viene un perro” o incluso los familiares pueden contribuir en todo esto (con la mejor de sus intenciones: que la persona o el niño no pase miedo) alejándolo de sus temores, sin darse cuenta o sin saber que eso puede agravar el problema (intensificándolo o cronificándolo).

Otra de las preguntas más frecuentes es ¿por qué una vez adquirida una fobia persiste en el tiempo y se resiste a la extinción? Como hemos dicho antes, las fobias no atienden a criterios racionales. Dicho de otro modo, normalmente las personas con fobias reconocen que su miedo no es racional y que las otras personas no temen lo mismo que ellas. Se considera que la fobia es irracional porque las explicaciones y razonamientos no modifican su conducta (“su miedo no atiende a razones o argumentos”). La desproporción entre la magnitud del objeto fóbico y la reacción que desencadena es muy manifiesta en los casos como el de las palomas, agujas o mariposas, pero es aún superior en otro tipo de fobias como la del miedo a salir de casa. En definitiva, los razonamientos y las evidencias no son demasiado eficaces para corregirla. La clave está, más bien, al tipo de conductas que las personas llevan a cabo en esas situaciones: la evitación del objeto temido. 

¿Por qué? Porque a corto plazo esto nos libra de un momento tremendamente ansiógeno, por lo que evitamos o reducimos el malestar experimentado (en la situación real o anticipada). Es decir, el enfrentamiento al estímulo fóbico o temido es tremendamente ansiógeno y esto muchas veces se ve potenciado, además, por el ensayo encubierto anticipado de la experiencia fóbica (no olvidemos que también aprendemos por secuencias encubiertas, que siguen las mismas leyes o procesos de aprendizaje que los manifiestos). Sin embargo, las consecuencias a medio-largo plazo, como se ha dicho antes, tienen que ver con la perpetuación del problema.

¿Quiere esto decir que nos tenemos que exponer a todos los estímulos a los que tenemos miedo? Depende. Si de repente por nuestro trabajo nos destinan a un entorno como el reflejado en las fotografías, más vale que vayamos aprendiendo a desenvolvernos en él de otra manera, pues de lo contrario nos pasaremos gran parte del día escapando y/o evitando estos animales. Sin embargo, alguien que viva en la ciudad y que no tenga ningún contacto con este tipo de animales, apenas tendrá situaciones relacionadas con ellos, por lo que es posible que no le compense recibir tratamiento alguno para eliminar su fobia (aunque esto, lógicamente, atiende a una decisión personal).

¿Y en qué consiste dicho tratamiento? Como muchos habréis concluido ya, el tratamiento por excelencia en el abordaje de las fobias es la exposición con prevención de respuesta. Efectivamente, intentar razonar con estas personas (y enseñarles por medio de la lógica) no suele ser el medio más rápido o eficaz (aunque hay casos en los que les puede ayudar). Estas personas suelen necesitar “pruebas de realidad” para darse cuenta de lo inofensivo de las situaciones, de la respuesta de ansiedad, de su capacidad de control y manejo de la situación, etc. Por lo que lo mejor es la exposición a tales situaciones, impidiendo las respuestas de escape y/o evitación. No obstante, cabe decir que no vale cualquier tipo de exposición, sino que ésta debe cumplir una serie de requisitos, de ahí la necesidad de que sea programada y supervisada en todo momento por un profesional experto en modificación de conducta. La razón es que si no se cumplen una serie de condiciones, es posible que el problema no se resuelva o incluso llegue a agravarse. Por ejemplo, hay casos en los que las personas se exponen de forma continuada a este tipo de experiencias (sin escapar o sin evitarlas de manera activa) pero no se produce la extinción de la respuesta de miedo o ansiedad. Esto puede suceder porque realmente está habiendo un escape o una evitación “pasivos” o encubiertos (ej.: mediante alcohol, fármacos, distracciones, etc.) o porque se está produciendo el fenómeno de la “incubación” (por medio del cual, las exposiciones cortas a estímulos temidos con intensas sensaciones de malestar pueden producir un mantenimiento o incluso aumento de las respuestas de ansiedad). Por lo que existiría un punto crítico que, de alcanzarse y experimentarse por un tiempo determinado, favorecería la extinción de esas respuestas de miedo, mientras que el hecho de no alcanzarlo ni mantenerlo puede favorecer la sensibilización a ese tipo de estímulos. Por otra parte, incluso aunque se extinga la respuesta de miedo, si la respuesta de escape/evitación se ha visto altamente reforzada (y por mucho tiempo), resultará más difícil de extinguir (aunque el estímulo en cuestión deje de provocarnos miedo).

En definitiva, el tratamiento de los problemas de ansiedad es bastante sencillo (siempre llevado a cabo por un experto en el tema) y los problemas que pueden surgir a lo largo de la intervención tienen más que ver, por lo general, con las variables disposicionales del individuo que con problemas derivados de la aplicación técnica. Ahora bien, cada caso es distinto y es preciso hacer un análisis funcional de cada problema o caso por separado, con el fin de diseñar y ajustar la intervención, aumentando así las probabilidades de éxito. Esto implica que no existen recetas universales, que lo que le ha valido a uno puede no valerle a otro y que es necesario siempre el asesoramiento de un buen profesional.

En definitiva, muchos tendríamos que aprender de Tippi al experimentar por nosotros mismos (recabar pruebas) y comprobar que hay situaciones que no tienen por qué ser peligrosas. Lógicamente, conviene “atender” a nuestro organismo, pues ya hemos dicho que está preparado para prevenir y reaccionar (luchando o huyendo), pero también sabemos que la mayoría de estos comportamientos se han adquirido por experiencias directas, indirectas o por el razonamiento lógico. Conviene, pues, ser críticos y aprender de casos como el de Tippi, quien pese a haber tenido alguna experiencia desagradable en esta clase de situaciones (seguramente, por cuestiones de probabilidad dada la alta exposición a las mismas), seguramente no haya desarrollado ningún tipo de miedo o fobia desproporcionados a este tipo de animales.

(*) Las fotos aquí mostradas son de una niña llamada “Tippi” que nació en Nairobi (África) en 1990. Creció en la selva con sus padres, fotógrafos de vida salvaje, quienes documentaron la vida de su hija con fotos maravillosas como las aquí presentadas.

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