¿Por qué las cebras no tienen úlceras?

     Por que las Cebras no Tienen Úlcera? Éste es el curioso título de un libro de Robert M. Sapolsky (*), profesor de Stanford, que viene a explicar que estos animales pasan miedo (un miedo adaptativo podríamos decir) cuando saben que están al alcance de un depredador. Lo que ocurre en su organismo es una respuesta intensa de activación que les permite salir huyendo. La mecánica es sencilla: el organismo del animal bloquea todas las funciones corporales que consumen energía en ese momento y que, por tanto, competirían con la tarea más importante (la huida). Así, el sistema fisiológico de la cebra bloquea su actividad estomacal (desapareciendo la eventual sensación de hambre), expulsa incluso los posibles desechos pendientes de evacuar, se suprimen o inhiben en gran medida las sensaciones de dolor (incluso si el león ha desgarrado parte de las entrañas de la cebra), y así sucesivamente con el fin de subordinar todos los esfuerzos y energías a un único objetivo: la supervivencia. Y superado el agente estresante, los niveles corporales vuelven a recuperar su equilibrio. Con los humanos pasaría algo parecido, pero la clave está en que hasta que no intuyen al depredador, las cebras están tranquilamente pastando sin elucubrar qué harían si vieran una leona, cómo sería su muerte, etc. Dicho de otra manera, no están sometidas al estrés que los seres humanos sufren a diario.

¿Qué podemos aprender de esto? El miedo es posiblemente la emoción que más ha contribuido a nuestro proceso evolutivo y por eso se sigue manteniendo hoy en día. Pero mientras que el componente fisiológico se mantiene apenas con cambios, los estresores de hoy en día son muy diferentes a los de hace millones de años atrás. Dicho de otra manera, comparativamente hablando, llevamos muchos más años viviendo en las cavernas que en las ciudades, por lo que si bien nuestro entorno ha cambiado considerablemente (y ya no tenemos los peligros de antes), nuestras reacciones siguen siendo igual de intensas que antes. El hombre moderno (salvo en algunos países), ya no suele morir de hambre si no logra cazar, no se suele ver amenazado por animales salvajes o climatología extrema. Se ha ido adaptando (insisto, en líneas generales y salvo casos puntuales) a los diferentes ambientes o entornos por los que se mueve.

Pero, con el paso de la evolución, el ser humano ha desarrollado una capacidad cognitiva que le hace superior a otras especies pero por la que estamos pagando también un alto precio. Debido a esta capacidad (muy conveniente y ventajosa en numerosas situaciones -ej.: a la hora de planificar-), esa respuesta de activación puede dispararse sin necesidad de que haya un riesgo inminente, objetivo, para nuestra integridad física. Es suficiente con que creamos que no cumpliremos los objetivos de ventas, que no podremos pagar la hipoteca, que mis padres me van a echar la bronca al llegar a casa, que mi pareja se va a disgustar cuando le comente que me han puesto una multa, que a mis hijos les puede pasar cualquier cosa estando en la calle, etc. En definitiva, no sólo nos alarmamos ante situaciones objetivamente peligrosas, sino también cuando imaginamos o anticipamos situaciones desagradables. Por lo que el hombre moderno se enfrenta a un mundo en el que las preocupaciones suelen estar situadas en un futuro más a medio-largo plazo (ej.: “dentro de dos años mi empresa me prejubilará y con la pensión no me llegará para vivir”) o relacionadas con expectativas o anticipaciones (ej.: “las dificultades económicas de mi empresa quizá obliguen a reducir personal y yo sea uno de los afectados”).

El problema es que ante todos esos factores (reales o imaginados, inmediatos o anticipados, objetivos o subjetivos, etc.) nuestro organismo reacciona igual que si fuésemos atacados por leones, serpientes pitón, etc. Estas reacciones persiguen el objetivo de ponernos en alerta máxima para dejar de dedicar recursos a funciones básicas (alimentación, memoria, sistema inmunológico, etc.) y así enfrentarnos a la situación bien huyendo o bien luchando, reanudando después las funciones interrumpidas. El problema es que cuando estamos sometidos a tanta activación, como podemos suponer, no rendimos igual. Y si esta activación se prolonga en el tiempo, también lo hacen los efectos que desencadena. Es cierto que a nivel cognitivo, la ansiedad o estrés supone, en un primer momento, una mayor atención (pues los recursos se dirigen a poder afrontar la situación estresante de una manera eficaz -ej.: la cebra debe estar muy atenta a todo lo que la rodea; muchos estudiantes mejoran su rendimiento con algo de presión o tensión-). No obstante, la relación entre el rendimiento y el nivel de activación/ansiedad sigue una forma de U invertida, pues mientras que algo de tensión mejora el rendimiento, si aquélla sigue aumentando progresiva o considerablemente, el rendimiento disminuirá. Dicho de otra forma, si el factor estresante permanece, nuestro organismo no podrá mantener ese nivel de atención y concentración, pues son demasiados recursos y necesariamente el nivel tendrá que caer.

Los expertos consideran que, si bien el miedo se dispara ante estímulos concretos (igual que las cebras se asustan al ver a la leona), el estrés es fruto de un estado de activación continuado. Y nada más ni nada menos que el 10% de la población adulta mundial sufre este problema, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Incluso la cifra se eleva considerablemente en los países industrializados (ej.: se calcula que en Estados Unidos, el 43% de los profesionales sufren sus efectos y que un millón de trabajadores se ausentan diariamente del trabajo por este problema). De hecho muchos hablan de “la enfermedad estrella del siglo XXI”.

¿Qué hacer ante tal situación? Lo primero que hay que hacer es pensar que no estamos condenados. No tiene sentido pensar que el organismo ha desarrollado y mantenido un mecanismo de ayuda que, a su vez, le perjudica. Los factores fisiológicos no constituyen el único componente del estrés ni son los únicos que influyen en cómo nos afecta. Hay otros aspectos de tipo cognitivo o motor que modularán los efectos del estrés (ej.: tener que dar una charla en público puede resultar estresante para muchos y otros se sentirán simplemente incapaces de hacerlo, pero hay quien lo ve como una oportunidad para la promoción laboral). La cuestión fundamental es saber influir en ese componente fisiológico por medio de los otros dos componentes (motor y cognitivo), aprendiendo a hacer frente a esas situaciones estresantes de la manera más eficaz y adaptativa posible (para que nos ayude a solucionar nuestros problemas y no nos suponga más inconvenientes que ventajas). Desde el punto de vista cognitivo, se ha probado, por ejemplo, que los factores estresantes que son previsibles o sobre los cuales podemos (o creemos) tener algún control, generan una menor respuesta nociva. Estudios han demostrado que las ratas de laboratorio que reciben descargas eléctricas tras sonar una campana, se estresan menos que aquéllas que reciben la descarga sin previo aviso; un estudiante tendrá un mayor nivel de estrés si no se le informa del tipo de examen final que deberá superar que aquél que es informado de las características concretas de la prueba. No obstante, aquí volvemos a encontrar una curva con forma de U invertida que demuestra que muchos de los factores que ayudan a controlar el estrés pueden convertirse en nuevos factores estresantes. Por ejemplo, disponer de información sobre el funcionamiento de los aviones o sobre el trastorno que mi psiquiatra me ha diagnosticado, puede permitir ganar confianza a aquella persona que tema volar o que llegó a la consulta de su psiquiatra con mucho miedo y sin saber qué le ocurría. Sin embargo, un exceso de información puede llevar a aumentar el estrés (en el caso del paciente psiquiátrico, puede acabar relacionando todo con su enfermedad, obsesionándose con ella y con el tratamiento farmacológico a tomar, etc.). Entre las estrategias “motoras” más eficaces, encontramos el ejercicio físico, ya que a niveles moderados reduce los niveles de estrés (además de que contribuye a la mejora del estado anímico de la persona). Al igual que el ejercicio, las prácticas de relajación son una estrategia complementaria que sirve de ayuda especialmente para aquellas personas que ya han practicado yoga, técnicas de meditación o respiración, etc. pues ya disponen de habilidades en su repertorio que hacen que estas técnicas tengan en ellas efectos rápidos y potentes. En cualquier caso, son estrategias que siempre se pueden aprender y que, pese a que requieren práctica, son muy eficaces y útiles e incluso algunas personas las prefieren para afrontar situaciones estresantes o ansiógenas.

(*) Sapolsky, R. (1994). ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Alianza Editorial.

(**) Para saber más sobre los efectos del estrés: http://milacahuepsicologia.wordpress.com/2011/08/25/por-que-el-estres-produce-danos-en-al-adn/?share=press-this&nb=1

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2 comentarios en “¿Por qué las cebras no tienen úlceras?

  1. Fantásticamente explicado. Es cierto que en nuestro día a día estamos expuestos a circunstancias del medio en ocasiones altamente estresantes. Muchas de estas situaciones o estimulación no se podrá anticipar y resultara incontrolable. No obstante, lo que sí podemos controlar es nuestra conducta. Como bien explicas, muchas de las respuestas fisiológicas que caracterizan la respuesta de ansiedad son automáticas, precisamente porque se trata de una respuesta adaptativa fuertemente consolidada en nuestro repertorio debido a su importante papel para la supervivencia de la especie, pero el modo en que interpretemos nosotros las situaciones estresantes (conducta cognitiva) y las acciones que emprendamos para afrontarlas (conducta motora) determinarán el que el estrés y la ansiedad aparezcan y se mantengan en el tiempo o solamente se prolonguen durante un tiempo limitado (el que sería adaptativo para poner en marcha estrategias para afrontar la situación problemática). De nuestro afrontamiento dependerá el que una situación o circunstancia vital se convierta o no en un problema. Podemos, como bien dices Gala, controlar nuestra conducta y aprender a utilizarla en nuestro beneficio para evitar que las respuestas fisiológicas actuen en nuestra contra en lugar de resultar algo ventajoso (pues por ello se mantienen en nuestro repertorio de conductas).

    • Muy buena aportación Miriam, resume perfectamente lo que he querido reflejar en el artículo pero con otras palabras, lo cual sin duda va a ayudar a la comprensión del mismo y a complementarlo. ¡Gracias por tu interés y tu colaboración!

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