“La verdad sobre la autoayuda”

     El pasado domingo 16 de Octubre, El País Semanal publicaba un artículo en su sección de psicología sobre “La verdad sobre la autoayuda” (por Borja Vilaseca). He de reconocer que, si bien estoy bastante de acuerdo con algunos de los puntos del mismo, hay otros que considero que merece la pena discutir.

Para empezar, Borja Vilaseca comienza planteando que, “debido a nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, a menudo construimos un estilo de vida de segunda mano, prefabricado“. Con esto interpreto que quiere decir que con esos problemas tendemos a “tirar por la vía fácil” (tal y como él mismo añade, y cito textualmente: “con el placer o la euforia temporal que nos proporciona el consumo de bienes materiales, los triunfos profesionales o el entretenimiento”). Yo aquí discrepo. Es cierto que muchas personas optan por la vía fácil (y más en la sociedad en la que vivimos donde toda solución ha de ser inmediata y lo más eficaz posible, independientemente de las consecuencias posteriores), pero no necesariamente por “falta de autoestima y de confianza en sí mismos” (habría que ver cómo operativiza Vilaseca estos conceptos -que no dejan de ser descriptivos y abstractos-). Dicho de otra manera, muchas personas optan por esa “vía” sin necesidad de tener esos problemas y, al revés, personas con esos problemas, no necesariamente optan por esa “solución”. Asimismo, el placer o la euforia temporal que nos puede proporcionar un bien material, un triunfo profesional o el entretenimiento, no tiene por qué ser necesariamente perjudicial para nosotros. Para una persona puede ser gratificante el hecho de conseguir comprarse una casa, lograr un ascenso o ir al cine el fin de semana sin que eso suponga realmente un problema (y mucho menos de autoestima o de confianza en sí mismo). Sí estoy de acuerdo con que el sector de la autoayuda se ha puesto de moda e incluso se ha consolidado como un negocio lucrativo, tal y como el autor comenta. Y sólo hay que ver cuánto tiempo o espacio dedican los diferentes medios a este tema. Yo iría más allá, pues esto mismo ha venido ocurriendo con la llamada “autoestima”, “depresión”, el “TDAH”, etc. e incluso con los fármacos. Incluso muchas veces se crean antes las soluciones a problemas que hay que “inventar” (de alguna forma) después (hay un artículo relacionado con este tema en mi blog también: https://galaalmazananton.wordpress.com/2011/08/03/mas-platon-y-menos-prozac/).

Con respecto a los “enemigos que se gana la autoayuda”, en línea de lo apuntado por Vilaseca, yo ampliaría el campo enemigo a todo el ámbito de la psicología. Desgraciadamente, nuestra disciplina es sujeto de mucho intrusismo y de mala praxis profesional. A diferencia de los médicos (que pueden derivar con un 80% de seguridad -sabiendo, con esa probabilidad, que el paciente va a caer en buenas manos-), creo que en nuestro caso ese porcentaje es mucho menor (por no decir a la inversa). Efectivamente, hay muchos “charlatanes” y “vendedores de humo” sin títulos oficiales que acrediten su competencia y profesionalidad. Estos son nuestros verdaderos enemigos, pues restan credibilidad a nuestra disciplina y van creando su mala fama (por ejemplo, muchos la tachan de “pseudociencia”).

En mi opinión, la autoayuda puede ser útil pero muy peligrosa. Es como cuando en consulta recomendamos un libro o una lectura determinada: debemos estar muy seguros de qué lectura se trata y de quién la va a leer (qué le puede aportar, cómo la va a interpretar, etc.). Libros, artículos (como éste mismo), etc. corren el riesgo de ser interpretados de diferentes maneras. Muchos autores, incluso, intentan proponer soluciones universales, estándares, que sirvan para todos. Y eso es un error. Cada problema, caso o persona es diferente y ha de analizarse o evaluarse de forma individualizada para que las pautas de intervención sean las más ajustadas y exitosas posibles. De ahí que los libros de autoayuda puedan “sugerir” ciertas cosas, hacer pensar al lector, llevarle a plantearse algunas cuestiones que le pueden servir de ayuda… Pero a la hora de pautar qué es lo que mejor le viene a cada uno, es preciso la evaluación individualizada de un profesional. No debemos caer en las “recetas universales”. De hecho, el propio Vilaseca apunta que “hay tantos caminos para encontrar lo que estamos buscando como seres humanos existen en el planeta”. Y es cierto que, dado que todos compartimos una misma base (yo no hablaría de “naturaleza humana”, sino de principios de aprendizaje -los cuales sí son universales, compartidos incluso con los animales-), existen ciertas claves que pueden facilitarnos el camino. Pero insisto en que dichas claves han de ajustarse a cada caso individual, pues lo que le puede servir a uno, puede no servirle a otros.

Otra cuestión con la que no estoy de acuerdo es con la afirmación de que “si bien los demás pueden escucharnos, apoyarnos y compartir con nosotros lo que han aprendido de sí mismos, nadie más puede resolver nuestros problemas y conflictos existenciales”. Es cierto que “cada uno está llamado a recorrer su propio camino”, pero los demás a veces se convierten en buenos compañeros de viaje. No nos olvidemos que también podemos aprender de los demás (observando su propio comportamiento y las consecuencias derivadas del mismo, comentando con ellos nuestras propias experiencias, etc.). Lógicamente, el consejo de un amigo, no va a ser equiparable al de un profesional (entre otras cosas, porque los psicólogos no damos consejos, damos pautas e instrucciones según lo que hemos evaluado y creemos conveniente para la persona -otra cosa es que ésta decida seguir dichas pautas-). Pero Vilaseca incluso defiende que nadie puede ayudarnos, en todo caso acompañarnos, y que “pensar lo contrario es un acto de soberbia y de superioridad”. No estoy de acuerdo. Hay muy buenos psicólogos capacitados para ayudar a las personas y los resultados lo demuestran. Y es cierto que la relación entre terapeuta-cliente es asimétrica, pero precisamente eso es lo que promueve o facilita el cambio y no se debe a que nos guste posicionarnos por encima de los que necesitan esa ayuda. Dicho de otra manera, la relación entre terapeuta y cliente siempre es desigual, pues al fin y al cabo es una relación profesional (al menos, en lo que a la Terapia de Conducta se refiere, donde se excluyen relaciones de otra índole -amistad, enamoramiento, etc.-). El objetivo de la terapia es promover cambios en los clientes, no establecer una bonita relación social. Esto ha de quedar siempre perfectamente claro, pues ayudará a que el cliente comprenda que sus posibles demandas de relaciones fuera del contexto terapéutico, de haberlas, no serán atendidas. De lo contrario, sería equivalente a la relación entre compañeros o amigos (muy sanas y recomendables, por otro lado). Ese “aprendizaje recíproco” del que habla el autor, en relación a las personas que ejercen temporalmente el rol de acompañante procurando mantenerse al mismo nivel que la otra persona, es el propio de amigos y compañeros, no de profesionales con sus clientes. Los profesionales, más allá de tener una experiencia más o menos amplia con más o menos clientes, han aprendido lo que tienen que aprender y se trata de aplicarlo en ese caso concreto. Lógicamente, cada caso nos aporta algo distinto y siempre estamos aprendiendo, pero no en la línea que apunta Vilaseca (no al mismo nivel que nuestro cliente). Nosotros, como profesionales, tenemos el deber de dar un servicio y atender a una demanda que se nos ha planteado. De lo contrario, sería como ponernos mano a mano con el arquitecto para hacer nuestra casa, pues ambos tendríamos que aprender a diseñarla y construirla.

Sí coincido con la idea de que es fundamental que recibamos con escepticismo y pensamiento crítico (una cualidad, para mí, imprescindible) cualquier tipo de información o reflexión. Como yo misma apuntaba antes, vivimos en una sociedad en la que todo acontece muy rápido y apenas nos percatamos de los pequeños detalles. Y pararnos a pensar o a reflexionar sobre ciertas cosas es, para muchos, una pérdida de tiempo. El resultado es que “acatan” lo que se les dice, hacen lo que otros hacen, siguen a la multitud, etc. sin plantearse si es realmente lo que ellos quieren, lo que mejor les viene, sin someter a crítica no sólo los mensajes externos, sino los suyos propios.

Por último, sí me gustaría comentar otro tema del que ya he hablado en este blog. Efectivamente, estoy de acuerdo con el autor cuando comenta que muchas personas que buscan asesoramiento para solucionar cualquier problema (o simplemente mejorar cualquier ámbito de su vida), buscan una solución a corto plazo. Yo esto lo volvería a equiparar con el “pastillazo” o incluso con patrones de conducta desadaptativos (ej.: atracones de comida, abuso del alcohol, etc.) que se mantienen precisamente por reducir ese malestar de manera inmediata, sin sopesar las consecuencias a largo plazo (en muchos de estos casos, claramente disruptivas). Es cierto que muchas personas llegan esperando una “fórmula mágica” que erradique su sufrimiento y por esos muchos caen en el abuso de la medicación (remito al mismo artículo que he mencionado antes). Son realmente pocas las personas dispuestas a trabajar y a asumir que son “cocreadores y corresponsables tanto de su estado de ánimo como de sus circunstancias actuales o problemas”. También coincido con que muchas personas empiezan a hacer cursos, leer libros de autoayuda, etc. sin apenas dedicar tiempo para procesar lo que van aprendiendo y poner en práctica dicha información (pues muchas veces el mejor aprendizaje se realiza practicando -lo que llamamos “ensayo y error”-). Usando la expresión del propio autor, “más que eruditos, lo esencial es que aprendamos a ser sabios”. Es cierto que la acumulación de información (más que de conocimiento) puede llegar a ser un obstáculo. De hecho, actualmente vivimos en la sociedad de la información y es preciso saber manejarla para que realmente conduzca a un buen conocimiento. También me gusta la definición que hace de “sabiduría”: la capacidad de obtener resultados satisfactorios de forma voluntaria, lo cual es cuestión de compromiso y entrenamiento. Ahora bien, la idea de que “la comprensión y sabiduría ya se encuentran en nuestro interior y que tan sólo hemos de eliminar las capas de condicionamiento que nos separan de ellas” me recuerda al concepto platónico. Creo entender a qué se refiere el autor (insistiendo en la necesidad de ser más críticos con lo que nos rodea), pero no nos olvidemos que la mayoría del comportamiento humano responde a procesos de condicionamiento, pues vivimos en un entorno (físico y social) del cual no podemos ser aislados y que claramente nos influye en todo momento.

(*) Artículos relacionados:

https://galaalmazananton.wordpress.com/2011/08/03/mas-platon-y-menos-prozac/

(*) Películas relacionadas:

– Love Happens (2009).

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Un comentario en ““La verdad sobre la autoayuda”

  1. Estoy muy de acuerdo con las críticas planteadas y con la defensa del papel del psicólogo como profesional que es capaz de ayudar a la persona (cliente) que acude a él para recibir un servicio (en este caso ser ayudado a superar un problema), por el que paga. Esta ayuda psicológica no se basa en opiniones ni en el sentido común, sino que se sustenta en un conocimiento científico con base experimental (al menos desde la corriente de la Terapia Conductual). La aplicación de estos conocimientos en terapia y la relación “contractual” que se establece con el cliente, ya nos sitúa a distinto nivel y esta diferencia nada tiene que ver con soberbia o superioridad, sino con profesionalidad y ejercicio de una función por la que se te paga. Dudo que ningún cliente que acude a un psicólogo lo haga buscando en él un amigo, pues para eso ya tendrá a los suyos, sino a una persona que de verdad sea capaz a ayudarle a realizar los cambios para superar un problema, y esos cambios sí los tendrá que realizar él.

    Por otro lado, estoy también de acuerdo en el intrusismo que existe en el ejercicio de la Psicología, algo que nos perjudica a todos aquellos que tratamos de realizar en nuestras consultas un buen trabajo. Afortunadamente muchos de nuestros clientes, dan una oportunidad a la terapia, incluso a pesar de haber tenido malas experiencias con otros psicólogos y comprueban que bajo nuevas circunstancias el cambio es posible.

    Gracias Gala por sacar estos temas a debate.

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