¿Son el “colecho” o la “lactancia a demanda” buenas prácticas educativas?

     El colecho (o “cama familiar”) es una práctica en la que bebés o niños pequeños duermen con uno o ambos progenitores. Es una práctica frecuente en muchas partes del mundo y se ha venido practicando ampliamente hasta el siglo XIX en Europa hasta que las casas comenzaron a tener más de un dormitorio y los niños su propia cuna. No obstante, recientemente se está re-introduciendo en la cultura occidental, al igual que la lactancia a demanda, por los partidarios de la “crianza con apego”, que incluyen el colecho entre las prácticas naturales para “una crianza saludable y feliz en los niños”.

Tal es el caso de Carlos González, autor del libro “Bésame mucho: cómo criar a tus hijos con amor”. En dicho libro, y según el autor y sus defensores, se critican las teorías que propugnan una “educación rígida o conductista”, defendiendo por contra una educación “basada en el amor, el respeto y la libertad”. El autor considera que muchos de los actuales consejos dados por los profesionales “van en contra de la propia naturaleza y de los sentimientos maternos más profundos”. Así, por ejemplo, aboga por tomar al niño en brazos o darle el pecho a demanda (cuando el niño llora).

Pero ahí está el problema, que se concibe la disciplina como la antítesis del respeto, la libertad y una relación de afecto y cariño entre padres e hijos y ¿son realmente incompatibles? Claramente no; es más, son necesarios todos esos ingredientes, por el bien de los padres y por el bien de los hijos. Hemos pasado quizás de una educación muy rígida y autoritaria, casi rozando lo irracional, a una educación totalmente permisiva, rozando nuevamente el extremo opuesto (también irracional).

Precisamente el comportamiento humano se rige por unos principios o procesos de aprendizaje universales (y no sólo para nuestra especie). Entre esos procesos, se encuentran los de refuerzo (aquellas consecuencias “deseables” que siguen a una determinada conducta, hacen que ésta se mantenga o incremente con más probabilidad en situaciones similares futuras), castigo (aquellas consecuencias “indeseables” que siguen a una determinada conducta, hacen que ésta vaya reduciéndose e incluso desapareciendo con más probabilidad en situaciones similares futuras) y extinción (aquellas conductas que dejan de ir seguidas de aquellas consecuencias reforzantes que las mantenían, van reduciéndose e incluso desapareciendo). Por lo que si apelamos a la naturaleza humana para justificar unos métodos u otros, realmente el conductismo es el enfoque más eficaz, que explica, demuestra o avala científicamente muchas de las técnicas que los profesionales enseñamos y ofrecemos diariamente a nuestros clientes (porque lejos de dar “consejos”, ofrecemos pautas, estrategias o herramientas para conseguir los objetivos propuestos y solucionar el problema de cada caso). Tal es el caso del Método Estivill, seguido por muchos y criticado por otros. El problema de Estivill fue no explicar los procesos de aprendizaje implicados en su método o técnica para demostrar por qué realmente es eficaz y por qué no es nocivo ni traumático para los niños. Es por ello que desaconsejamos la literatura de “auto-ayuda”, porque además de poder llevar a error o confusión, corre el riesgo de querer abarcar todos los casos posibles, cuando cada caso es único y debe ser evaluado y abordado de manera individualizada con ayuda de un experto o profesional que conozca tales procesos y ponga su conocimiento a disposición del cliente que demande o plantee el problema en cuestión.

Muchos defensores del colecho o la lactancia a demanda postulan que “así se potencian los vínculos entre padres e hijos”, olvidándose de que hay otras muchas maneras de establecer una buena relación con los hijos y, nuevamente, no son incompatibles con inculcar una disciplina y educar bien a los niños. Del mismo modo, defienden que “favorece el desarrollo de la autoestima del niño y posterior desarrollo de la autonomía personal”. Sin embargo, podemos ir más allá al ver los claros inconvenientes o riesgos de estas prácticas, puesto que debemos tener en cuenta qué estamos favoreciendo de este modo. El niño puede acabar asociando el momento del sueño con la presencia de los padres, con lo cual no llegará a aprender a dormir solo y esto es de crucial importancia para el desarrollo de esa “autonomía personal”, precisamente. Y, obviamente, si en un momento dado se queda solo (ej.: el momento de la siesta), lo pasará mal porque no estará acostumbrado, ante lo cual la nueva presencia de los adultos aliviará dicho malestar (consecuencia “deseable” para el niño, que no siempre implica que sea saludable para él) y de nuevo estaremos manteniendo un patrón que, a la larga, será problemático. No son pocos los casos que nos encontramos de chicos adolescentes (casi rozando la edad adulta) que no han aprendido a dormir todavía si no es con la presencia de su madre o padre (a veces incluso cogiéndole la mano, acariciándole o hablándole). ¿No implica esto consecuencias aún más graves para su desarrollo? ¿Qué implicaciones puede tener este problema para un chico de 16 años que quiere irse de campamento o simplemente de viaje con sus amigos? Lo mismo podríamos decir de un bebé que se acostumbra a que su madre le dé el pecho siempre que llore, ¿qué consecuencias creéis que implicará este modo de actuar? Claramente, la conducta de llanto se está viendo reforzada por unas consecuencias deseables como es la alimentación o la succión (que pueden relajarle, claro está). Los problemas son diversos: se le está alimentando cuando posiblemente no lo necesite, se le está atendiendo inmediatamente cuando se queja o está molesto, etc. Esto a la larga conduce a una baja tolerancia a la frustración y, sin embargo, en la vida real no siempre o no todo el mundo ni en todas las situaciones se cumplen nuestras expectativas, salen las cosas como esperamos, etc. Muy por el contrario, tenemos y debemos aceptar muchos “no” por respuesta (más ahora en la situación en la que estamos) y saber esperar (demorar nuestra gratificación), adaptándonos a las diversas circunstancias (afrontando muchas veces dificultades). De lo contrario, ¿qué podría suponer para un niño acostumbrado a “ser calmado inmediatamente”? ¿Qué consecuencias implicaría a nivel social, laboral, sentimental…? Eso por no hablar de las limitaciones para los adultos, quienes tienen que acostumbrarse a dormir todas las noches con sus hijos (no hablaré de las implicaciones para las relaciones de pareja) o las madres dejar todo aquello que estén haciendo si el niño llora (para pasar a darle el pecho).

Enseñarles pautas adecuadas de comportamiento (como buenos hábitos de alimentación, de sueño, buen comportamiento en casa…) no es traumático, simplemente consiste en enseñarle a ser independiente, a poder hacer las cosas cada vez con mayor autonomía, instruirle o educarle para que vaya adquiriendo hábitos que le ayuden el día de mañana… sin por ello concluir que los padres no le quieren ni crear un trauma por ello. Se puede (y debe) educar y querer a la vez; se pueden castigar los malos comportamientos al tiempo que reforzamos aquellas conductas deseables; podemos ser firmes y estrictos con nuestras pautas de educación o disciplina y no por ello dejar de querer a nuestros hijos.

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2 comentarios en “¿Son el “colecho” o la “lactancia a demanda” buenas prácticas educativas?

  1. Por fin algo sensato sobre la lactancia a demanda y el colecho. Soy medico y conozco casos de muerte infantil por aplastamiento gracias a la practica tan ” saludable” del colecho.
    En cuanto a la lactancia a demanda , desde el punto de vista nutricional no crea en absoluto patrones correctos de nutricion, ya que el niño esta continuamente comiendo aunque no este hambriento, por que se da por hecho que el llanto implica necesidad de alimento. Y por supuesto genera una dependencia psicologica de la madre que no creo que sea saludable. Sentido comun, ante todo. Y aunque no sea politicamente correcto, hay que establecer limites.

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