Análisis Conductual de la Novela “Sin Destino” (Imre Kertész, 1975)

(*) Aviso a los lectores: Se comentan aspectos de la novela que pudieran desentrañar gran parte de su argumento.

   “Sin destino” trata sobre las experiencias de un chico judío húngaro, Gyurka, de 14 años de edad, en los campos de concentración alemanes. Lo más sugerente del libro es que a lo largo de toda su trama vemos cómo el protagonista, mediante un modo no poco llamativo, trata de afrontar y adaptarse constantemente a su deplorable situación, logrando mantenerse en un estado de, pudiéramos decir, “normalidad” (sin tener en cuenta el deterioro progresivo de su estado físico). Esto extraña bastante al lector debido a lo desfavorecido del contexto: el chico está viviendo una situación objetivamente aversiva, dramática, nada favorecedora de conductas no depresivas. Y además de poder considerarse permanente (el protagonista permanece encerrado sin saber cuándo va a acabar su situación, por lo que tampoco puede anticipar el futuro ni pensar que traerá tiempos mejores y así hacer más llevadero el presente), no es posible de cambiar por medio de la conducta (dada su condición de preso). Precisamente por estar viviendo en una situación tan limitada, las alternativas conductuales posibles son tremendamente escasas (por no hablar de las posibles actividades placenteras) y no hay posibilidad de acceder a otros ambientes.

Sin embargo, pese a todo lo anterior, Gyurka parece tener las habilidades necesarias para no caer en la depresión (a modo de “antídoto”), de forma que a pesar de que tiene momentos tremendamente desagradables a lo largo de la novela, nunca llega a deprimirse. Concretamente, el chico es capaz de afrontar, aceptar y adaptarse a una situación lamentable, aprendiendo a vivir en esas nuevas condiciones que se han generado (pues, independientemente de qué o quién le haya llevado a esa situación, es en ella y no en otra en la que tiene que vivir, le guste o no). Es decir, son las estrategias psicológicas de aprendizaje las que le permiten superar esa situación y “normalizarla” lo máximo posible. Gyurka acepta la situación como parte de su vida, la única que tiene para ser feliz. Por lo que el chico no se plantea como única solución a sus problemas que su situación cambie, lo que contribuye a mantener su “bienestar” psicológico. A lo largo de la novela vemos cómo aprende a vivir en ese contexto, sin quejarse ni pensar en cómo serían las cosas si no fueran como son. Es cierto que a veces recuerda cómo era su vida en Budapest, sobre todo con su amigo Bandi Citrom, pero no cae en la rumiación de su triste situación ni se pasa el día comparándola con las otras buenas posibles situaciones que podría tener (lo cual sería un agravante de la conducta depresiva). Por lo que al no haber verbalizaciones, encubiertas (pensamientos) o manifiestas (quejas), sobre su situación, no hay discriminativos de pasividad ni estímulos condicionados de la respuesta de malestar. En definitiva, no se produce el comportamiento depresivo.

Posiblemente, esta capacidad para aceptar su situación tan desfavorable se vea favorecida, en primer lugar, por el hecho de que Gyurka ignora mucho de lo que sucede a su alrededor (al principio no sabe a dónde lo llevan y sólo toma conciencia de su condición de preso habiendo transcurrido bastante tiempo) y, en segundo lugar, por el hecho de que todas sus experiencias suceden poco a poco, a modo de “pasos”. Es decir, y remitiéndome a este último punto, las nuevas condiciones que se han generado y en las que a Gyurka le ha tocado vivir, surgen a raíz de la sucesión de una serie de situaciones, acontecimientos o comportamientos que conducen finalmente a esa situación tan deplorable. Pero, tal y como el propio protagonista narra al final del libro, seguramente nadie hubiese sido capaz de soportar todo aquello (tanto tiempo transcurrido, el aislamiento, el aburrimiento, la violencia, el hambre, la sed, la falta de higiene y de salud, etc.) de haber sobrevenido de golpe. Incluso podríamos considerar también que el hecho de que Gyurka no presente ningún tipo de “atadura emocional” hacia su herencia judía, tal y como podemos apreciar en distintos momentos de la novela, le ayuda a afrontar esa horrible situación. Y yo tampoco descartaría la posible influencia que puede ejercer el trabajo que tiene que realizar Gyurka en los campos como fuente de distracción y de actividad (pues el nivel de actividad está directamente relacionado con una mejora del estado de ánimo). Por último, debemos tener en cuenta que, tras muchas exposiciones continuas, sistemáticas y repetidas al mismo ambiente hostil y violento, con el paso del tiempo se disipa su capacidad de elicitar respuestas depresivas o de malestar.

Sin embargo, sí es posible apreciar cierto deterioro del protagonista, pues según se acerca el final de la novela, vemos cómo Gyurka se encuentra cada vez más abatido, menos motivado para trabajar y más dispuesto a abandonarse (hasta el punto de rozar la muerte). No obstante, yo atribuyo este cambio fundamentalmente a su estado físico tan deteriorado. Es decir, dada su condición de mal-nutrición y de falta de higiene, Gyurka comienza a enfermar cada vez más, lo que fundamentalmente le lleva a esa situación de “abandono” para acabar con la situación cuanto antes y no sufrir más.

En conclusión, el libro es un claro ejemplo de que la depresión NO es una reacción automática, sino que es un proceso activo (implica “un hacer”, como ya se ha comentado en otros posts de este blog) que depende en cualquier caso de la persona (se encuentre ante un ambiente aversivo o no). De lo contrario, no podríamos explicar por qué Gyurka no acaba deprimiéndose, a pesar de lo lamentable de su situación. Es decir, popularmente se espera (o se considera “normal”) que las personas que han experimentado sucesos o acontecimientos aparentemente “traumáticos” (un abuso o violación, estar en un campo de concentración, etc.) acaben deprimidas, pues la justificación de la depresión se suele buscar en el contexto o situación por la que pasa la persona y no en lo que ésta hace en dicho contexto. Pero, de nuevo, la depresión no es un proceso automático que surge directamente de la experiencia aversiva, sino que constituye un proceso activo de aprendizaje que se pone en marcha cuando intentamos superar una situación difícil o dramática (y muchas veces incluso en ausencia de ésta). Es cierto que determinadas situaciones aversivas (como la del libro) pueden provocar en quien las vive una serie de emociones negativas que constituyen reacciones inmediatas o automáticas; pero las cosas que haga esa persona a partir de ese momento, las estrategias que use para enfrentarse a esa situación dramática por la que está pasando o los cambios que introduzca en su contexto para adaptarse o salir de él es lo que va a determinar que desarrolle o no una depresión. Por lo que el proceso de deprimirse, lejos de ser lógico, se desarrolla a partir de los intentos fallidos de una persona a la hora de enfrentarse a determinadas experiencias difíciles y dolorosas; pero esto es justo lo que no le ocurre a nuestro protagonista.

En definitiva, la depresión es un patrón comportamental adaptado al nuevo contexto, por lo que no es inevitable y mucho menos crónico, sino que es el resultado de una historia de aprendizaje que conlleva una serie de conductas que, a la larga, lleva a una persona a estar deprimida (sin que la depresión sea la explicación causal de esas conductas, no es más que una etiqueta que las describe, nombra o engloba). Esto explica por qué no todo el mundo reacciona de la misma forma ante la misma situación, y por qué hay gente que desarrolla una depresión y gente que no. Por eso decimos que es la persona la que se convierte en un agente activo en el proceso de desarrollo de la depresión. Por lo que ésta no depende tanto del acontecimiento estimular, sino más bien de la conducta del individuo ante tal acontecimiento (lo que piensa, cómo interpreta los hechos, qué hace, qué no hace, etc.). No olvidemos, además, que las relaciones entre los eventos antecedentes, las conductas y las consecuencias de esos comportamientos pueden ser muy complejas, y esto es lo que explica que pueda haber casos tan distintos (entre ellos, el relatado en la novela).

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4 comentarios en “Análisis Conductual de la Novela “Sin Destino” (Imre Kertész, 1975)

  1. yo vi la pelicula . de hecho la tengo en un lugar especial. yo solo puedo comentar que para ese entonces los judios adolecentes sabian a donde irian y sabian que aunque muchos mintieron la edad si decian que tenian de 14 a 17 años tendrian una oportunidad de vivir muchos no corrieron con suerte pero el caso de gyurka lo vi como un niño sorteando la muerte la tenia a un ladito a centimetrosi si no era por el tifus o hambre era gaseado pero pienso que al llevarlo a varios campamentos de concentracion fue su oportunidad porque de haber estado solo en auswichtz de seguro ubiece sido parte de los miles exterminados. el uso su valentia inteligencia astusia asi como en la barraca dormir con un cadaver para obtener mas racion de comida asiendo parecer que estaba dormido osea su instinto de sobrevivir fue impresionante y tambien paso con otra adolecente que faltando un mes para acabarse la guerra murio a los 16 años en auswichtz se trata de Ana Frank otra historia parecida a campos de esperanza.

    • Gracias por tus comentarios Richard y por tu interés. Efectivamente, me pareció oportuno destacar cómo el ser humano es capaz de adaptarse incluso a las condiciones más aversivas. Llama la atención que en este caso se trate de un chico tan joven (aunque los jóvenes suelen tener mayor capacidad de adaptación que los mayores). Pero, efectivamente, todas esas conductas o “estrategias” que comentas fueron las que le permitieron, no sólo sobrevivir, sino no caer en un estado de depresión o abandono que no habría hecho otra cosa que dificultar las cosas. Él siguió adelante, de la mejor manera posible, gracias a su forma de pensar, de afrontar las cosas, de sentir… Y es por ello que lo considero todo un ejemplo a seguir, si bien las circunstancias en las que nos encontramos (la mayoría) no son tan adversas (afortunadamente).

  2. Una de esas películas que dejan huella. La trama es clara, un chico judío que sobrevive al Holocausto y a sus campos de la muerte, incluso a las situaciones más duras, tales como perder a su padre, su hogar y sus amigos. Lo curioso es el mensaje final, cuando dice que los campos no eran el infierno, ya que el infierno no existe pero los campos sí, y esa extraña sensación de extrañar, en cierto modo, el estar prisionero. Valorar esa etapa de su vida, incluso verle el lado bueno, es difícil de creer. Eso habla de valorar la vida, incluso cuando se pierde todo, encontró una nueva manera de comenzar. Murió una vez, y comenzó a vivir nuevamente.

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