“Centenares de perros felices” (por Rosa Montero para El País Semanal)

     Puedes ayudarnos enlazando nuestra páginaHace unos días pude leer el artículo de Rosa Montero (en su columna “Maneras de Vivir” de El País Semanal) sobre la Asociación Las Nieves, liderada por María Luisa María Hernández, con la colaboración de Mary Carmen Quejido y Pilar Nieves. Ellas se han encargado de montar un albergue para canes sin apenas tiempo ni dinero. Lo peculiar de este caso es el hecho de que en el albergue los perros están sueltos, esto es, no se encuentran encerrados en pequeñas jaulas, sino que deambulan a su antojo por dentro del refugio, formando grandes manadas.

Al parecer, el refugio ocupa un extenso terreno en medio del campo en Navalcarnero, cerca de Madrid. El recito está dividido en otros recintos interiores, cada uno provisto de grandes patios de verano y de invierno y de casas con diversas habitaciones. Hay un cercado para perros grandes, otro para medianos, otro para pequeños, otro para galgos, etc. Los suelos de las casas están cubiertos de alfombrillas que sirven de camas y cada recinto acoge una manda de 100-200 animales. ¡Incluso en verano hay piscina! Y el sitio está limpio y cuidado, algunos perros llevan sus mantas, etc.

En definitiva, dentro de los límites del albergue, los perros “son libres”, pudiendo elegir dónde dormir y los compañeros con los que codearse. Y, según comentan, los conflictos entre los animales son mínimos. Generalmente procuran dar a los perros en adopción, pero muchos (los más enfermos, los más grandes o los mayores) se quedan para siempre en el refugio, como suele suceder en asociaciones de este tipo. Pero, como dice Rosa Montero, en Las Nieves los perros “disfrutan de una vida decente”.

Es por ello por lo que me ha parecido necesario dar a conocer a esta asociación, pues no me cabe duda de que las chicas habrán arriesgado mucho y habrán invertido mucho esfuerzo, tiempo y dinero, sobre todo teniendo “otras vidas” (trabajos, familia y obligaciones). Por lo que el esfuerzo personal es enorme, así como el económico. Por los perros que dan en adopción, vacunados, castarados y con chip, cobran una cantidad fija que va de los 100 a los 150 euros, dependiendo del tamaño del animal. Pero esto no debe cubrir ni un ínfimo porcentaje de los gastos y, por otra parte, reciben muchas más llamadas para dejarles perros que para adoptar. Desde 2011 cuentan con la ayuda eventual de una organización alemana (Pro Animal für Tiere in Not) que también mantiene a los animales en manadas y que financiaron la construcción de algunas de las casas de la finca. Pero la única fuente fija de ingresos es el dinero de los socios. Tienen unos 400 y no es suficiente.

Podéis haceros socios o podéis apadrinar a un perro de los que no saldrán del refugio e ir a visitarlo de cuando en cuando en la página de Las Nieves o escribiéndoles un email (asociacionlasnieves@gmail.com), así como llamando a los teléfonos 91.813.91.26 o 670.785.100.

Estoy de acuerdo con Rosa en que SE LO MERECEN.

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Cuando bebemos alcohol, ¿somos socialmente más habilidosos?

     La gente tiende a pensar que al tomarse unas copas “algo en ellos cambia”, como si se convirtieran en otras personas, pasando a ser más sociables, abiertos, divertidos, locuaces, etc. ¿Qué hay de verdad en todo esto?

Varios estudios han demostrado que el alcohol, lejos de “convertirnos en otras personas”, lo único que hace es desinhibir la conducta, en todo caso. El alcohol tiene un efecto bifásico sobre el cuerpo, lo cual quiere decir que sus efectos cambian con el tiempo. Inicialmente, produce sensaciones de relajación y alegría, pero el consumo posterior puede llevar a tener visión borrosa y problemas de coordinación. El consumo de alcohol inhibe gradualmente las funciones cerebrales, afectando en primer lugar a las emociones (cambios súbitos de humor), los procesos de pensamiento y el juicio. Si continúa la ingesta de alcohol se altera el control motor, produciendo mala pronunciación al hablar, reacciones más lentas y pérdida del equilibrio. También altera la acción de los neurotransmisores, pues modifica su estructura y función. Ello produce múltiples efectos: disminución de la alerta, retardo de los reflejos, cambios en la visión, pérdida de coordinación muscular, temblores y alucinaciones. Disminuye el autocontrol, afecta a la memoria, la capacidad de concentración y las funciones motoras. ¿Se puede concluir que el alcohol ayuda a relacionarse?

El resultado es que puede dar un empujón y predisponer a desplegar una serie de conductas o habilidades que ya estaba incluido en nuestro repertorio básico de conducta. Esto quiere decir que alguien que no ha aprendido a ser socialmente habilidoso, por más que beba no va a convertirse en una persona sociable, extrovertida o abierta con la gente. Más bien, que aquella persona que ya sepa hacerlo (pero que no quiera o no pueda poner en marcha esos comportamientos), tiene más papeletas (simplemente) para hacerlo.

En el siguiente estudio liderado por Laurent Begue en la Universidad de Pierre-Mendes (Francia), se demuestra cómo lo que realmente hace disparar ese repertorio de habilidades no es el hecho de haber bebido o no, sino el hecho de haber creído que se bebía alcohol o no. ¿Qué implica esto? Muy sencillo. No es tanto la sustancia en sí, sino el hecho de pensar que por haber bebido, estoy siendo más atractiva, sociable, abierta… De nuevo, una cuestión conductual (de cómo lo que pensamos influye en cómo nos sentimos y en cómo actuamos, influyendo estos componentes, a su vez, en cómo pensamos; y así sucesivamente, retroalimentándose todos los componentes entre sí).

Se nos olvida que muchas veces, si bien “la química puede influir en nuestra conducta”, “la conducta puede influir en nuestra química”. Empezar a hablar más con la gente (sin cortarnos tanto, tomando más la iniciativa en las conversaciones o a la hora de presentarnos a alguien), reírnos más, hablar de más temas, lanzarse a bailar, etc. puede producir una serie de emociones y sensaciones que, a su vez, promuevan que yo me vaya desinhibiendo y vaya “rompiendo el hielo” (justo el mismo “empujoncito” que podría provocar una copa en una persona). Pero la diferencia entre un caso y otro (esto es, entre experimentar ese “empujón” por medio de mi propio comportamiento y experimentarlo a base de beber alcohol) es clara: la “dependencia” a una sustancia para saber comportarme (como uno considera adecuado o pertinente) en una situación dada. Eso nos hace estar dependientes siempre de algo externo y, por tanto, nos limita. Es como si una persona sólo supiese hablar con personas del sexo opuesto cuando estuviese su amigo/a delante. ¿Qué pasaría si su amigo/a no estuviese? Que o bien esa persona se queda en casa (en lugar de poder estar divirtiéndose), o sale pero sólo se relaciona con gente conocida o de su mismo sexo, etc. estando siempre “a expensas de lo de fuera”, sin poder asumir él/ella el control sobre la situación. También es el caso de las personas que sólo saben salir si beben (de manera que si no hay alcohol de por medio -porque el sitio donde han ido no lo ofrece, porque se les ha acabado, porque el resto de personas quiere salir en otro plan, etc.-, esa persona probablemente no sepa pasárselo bien, no sepa divertirse, estar igual de sociable o extrovertida, etc. lo cual es, sin duda, una pena).

Todo eso sin contar con los efectos adversos del alcohol, claro.

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“Análisis del cambio en un problema de adicción al alcohol. Estudio de un caso” (nuevo artículo publicado en la revista Clínica y Salud)

   Clínica y SaludYa ha sido publicado el artículo que he podido redactar junto con mis compañeras y miembros del Equipo ERGO Psicólogos (Marina González Biber y Miriam Rocha Díaz) en la revista del Colegio Oficial de Psicólogos “Clínica y Salud”. El artículo, que espero sea de vuestro interés, analiza el proceso de cambio de un caso de adicción al alcohol y lo podéis consultar en el siguiente enlace: Análisis del cambio en un problema de adicción al alcohol. Estudio de un caso.

Clínica y Salud

Podéis consultar muchos más artículos en Revista Clínica y Salud. ¡Espero que os guste!

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Uno de los artículos más descargados, ¡gracias!

     El 11 de Diciembre de 2011 os anunciaba que ya estaba disponible el Número 3 de la Revista Clínica Contemporánea (edición online) donde, además de otros artículos muy interesantes, podíais encontrar el mío acerca de La Aparición Recurrente de Nuevas Obsesiones y Compulsiones. Pues bien, me acaban de informar de que mi artículo ¡está entre los 3 más descargados! Gracias a todos por vuestro interés y me alegro de que os esté resultando interesante.

Podéis consultar muchos más artículos en Revista Clínica Contemporánea. ¡Espero que os guste!

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La historia de las relaciones de pareja

     Hoy en día, el hecho de que una pareja se separe o se divorcie por intereses personales no llama tanto la atención como años atrás, pero lo cierto es que esto constituyó en su momento una verdadera revolución si atendemos a la historia de las relaciones de pareja en nuestra sociedad, lo cual nos puede enseñar mucho o, al menos, hacernos reflexionar.

Hace unos 5-7 millones de años, cuando nuestros primeros ancestros primates bajaron de los árboles y comenzaron a poblar la superficie terrestre, vivían organizados en comunidades, aunque los conceptos de pareja, familia y fidelidad no existían todavía. De hecho, lo normal era la poligamia (una hembra mantenía relaciones con varios machos) y los machos mantenían una competición despiadada para copular con todas las hembras de la tribu. Las hembras entonces se preocupaban del cuidado de las crías y los machos de la protección del grupo. Por aquel entonces, nuestros antepasados se movían por instintos. En definitiva, el sistema  polígamo fue la “norma” durante millones de años. Pero un día las cosas empezaron a cambiar. Concretamente, cuando nuestros antepasados empezaron a caminar sobre las piernas, los bebés se volvieron más frágiles al nacer antes, por lo que se prestó especial atención al cuidado de los niños. Las crías humanas necesitaban del cuidado de los adultos para desarrollarse. Y surgió así el principio de monogamia, pues al macho empezó a interesarle quedarse con la hembra para cuidar a la cría hasta que fuese más autosuficiente. Y para perpetuar la especie el hombre comenzó a organizar su vida en torno al bebé. Surgió el reparto de tareas: los hombres iban de caza mientras que las mujeres recolectaban y cuidaban a los niños. Además, apareció el lenguaje, lo cual complicó más las cosas, ya que permitía la comunicación entre los individuos y el relato de todo cuanto sucedía.

Los primeros poblados aparecieron hace unos 10.000 años a. C. El hombre se había hecho agricultor y criaba animales. Quería, además, transmitir la tierra a sus hijos, para lo cual tenía que asegurarse de que realmente eran hijos suyos. Y para tener la certeza de que así era, se inventó una organización social de la pareja. Se necesitaban entonces unos sistemas sociales que garantizasen una estabilidad. A partir de ahí surgió en Occidente (y posteriormente en otras partes) la idea del reparto estricto de las labores entre hombres y mujeres y éstas se centraban cada vez más en las labores domésticas.

En el último milenio a. C. aparecieron las civilizaciones guerreras que necesitaban soldados para proteger las ciudades. Tanto en Grecia como en Roma el matrimonio era una obligación para los ciudadanos. La ley perseguía a los solteros porque no cumplían con su deber: tenían que casarse para tener muchos hijos y, por ende, muchos soldados. Era como cuando antes alguien no cumplía con la obligación de cumplir con el servicio militar. Y todo esto estaba bajo el control de los padres de los futuros esposos. El matrimonio era un contrato familiar a efectuar entre dos familias (ambas llegaban a un entendimiento y hacían una especie de juramento). En muchas ocasiones, en cuanto nacía la niña o el niño, ya se sabía con quién se iba a casar y a menudo los futuros esposos se conocían durante la ceremonia. El matrimonio griego era como una empresa y tenía que cerrar un buen trato entre las dos familias: la familia del chico le entregaba a éste una parcela de tierra y la familia de la chica le entregaba a ésta muebles u otros bienes. Era una conjunción de intereses en la que cada cual aportaba lo que le faltaba al otro y la pareja conseguía sobrevivir en el seno de la comunidad. El padre, al entregar a su hija al futuro marido, consentía que éste se convirtiese en el dueño de ella. Y la mujer tenía la obligación de ser fiel a su marido (si no, se enfrentaba a la repudiación), mientras que en el caso del hombre no ocurría así; incluso tenían un pequeño aren en casa a su disposición. Cleopatra y AntonioPara el placer tenían a las cortesanas y a las concubinas (de estatus inferior al de las esposas -puesto que nunca se casarían-), mientras que las esposas eran para tener una descendencia legítima y para que fuesen las guardianas fieles del hogar. Por lo que el hombre podía tener una vida sexual muy diversa, pues podía tomar cuanto quisiera para satisfacer sus necesidades sexuales. De hecho, la sexualidad en sí se trataba sencillamente de un uso del cuerpo y los griegos lo hacían sin ningún complejo (practicándose todas las formas -heterosexuales y homosexuales-). De hecho, en Tívoli (cerca de Roma), se cree que surgió el amor de una de las parejas homosexuales más famosas de la historia antigua. Adriano (76-138) y su joven erómeno Antínoo (110-130) compartieron gustos y aficiones hasta que este último “cayó al Nilo y se ahogó” (explicó Adriano).

Posteriormente, en la Edad Media, la Iglesia cristiana tomó el poder y empezó a imponer su ley dentro de las relaciones de pareja: por primera vez en la historia, el hombre tenía que casarse para toda la vida. Y este vínculo no se podía romper, ya que todo estaba bajo la atenta mirada de Dios. Por lo que las parejas no se podían romper, por muy mal que fuese la relación. Incluso, como los hombres no podían volverse a casar, lo que hacían era matarla para romper ese vínculo conyugal. La Iglesia también impuso la fidelidad a los esposos, por lo que el adulterio era un delito tanto para hombres como para mujeres. También se llegó a criminalizar el placer (el cual fue considerado pecado). La sexualidad sólo servía para concebir hijos y fue eliminado de la vida conyugal. En definitiva, amor y matrimonio no estaban necesariamente relacionados. Incluso cuando en la época de los trovadores (hacia Adriano y Antínoo el siglo XII) el amor empezó a idealizarse, este sentimiento no se relacionaba con el marido o la esposa. Andrés el Capellán, que formaba parte de la corte de María de Francia (condesa de Champagne, una de las grandes promotoras del amor cortés), escribió en su obra De amore una serie de 31 reglas sobre este asunto, entre ellas, que “el matrimonio no era una excusa para no amar (…)”. Es decir, que estar casado o casada no eximía de amar… a alguien distinto de la pareja. El amor, por tanto, se identificaba con el adulterio. De hecho, Andrés escribió que estas reglas habían sido traídas a la corte francesa por un caballero bretón de la corte del rey Arturo, cuyo amor exaltado y adúltero por la reina Ginebra condujo al desastre al reino ideal de Camelot. Por otro lado se encontraban Pedro I de Portugal (1320-1367) e Inés de Castro (1325-1355), quienes vieron truncada su pasión por el deseo del padre del enamorado (Alfonso IV). Éste, al ver que el futuro rey Fernando I de Portugal era un niño frágil mientras que los hijos bastardos de doña Inés eran más robustos y en el futuro reclamarían sus derechos monárquicos, decidió cortar por lo sano y terminar con la enamorada.

Adriano y Antínoo Lo siguiente fue intentar conciliar el amor con el matrimonio, aunque dicho “amor” se concebía como el “amor a Dios”, un amor puro, casto, caritativo, que nacía después del matrimonio. Esto daba sentido al matrimonio entre personas que no se conocían (matrimonios arreglados). Pero no todos quedaron satisfechos, ya que los campesinos no tenían herencias que transmitir. Sin embargo, los tiempos cambiaron (lo cual queda reflejado en numerosas obras literarias y teatrales, donde el amor era el tema más importante: todos querían casarse por amor). No lo hacían porque socialmente no se valoraba el amor, pero los jóvenes deseaban enamorarse y casarse con la persona amada, por lo que este ideal empezó a propagarse.

A finales del siglo XIX, en Europa el estado proponía una versión laica de las obligaciones y deberes que la Iglesia había impuesto durante mucho tiempo. En Francia, el código napoleónico regulaba el matrimonio: la pareja era una familia con un cabeza de familia que tenía todo el poder. La función de la mujer era tener hijos y era propiedad del hombre. Los esposos se debían fidelidad mutua y, mientras que el marido debía proteger a su mujer, ésta debía obedecer a su marido. El divorcio seguía siendo prácticamente imposible y el placer seguía siendo un tabú. No obstante, algunas mujeres empezaron a aventurarse algo más que lo habitual en el terreno de las infidelidades conyugales.

Hasta mediados del siglo XX muchos descubrieron su sexualidad en los burdeles, convirtiéndose así en un lugar de iniciación que permitía a los jóvenes iniciarse en la sexualidad con una mujer con experiencia. Todo lo contrario sucedía a las mujeres, que generalmente llegaban vírgenes al matrimonio. Paradójicamente, el estado condenaba el adulterio por un lado y, por otro, regulaba los burdeles. Y para la mujer casada, el placer seguía siendo un continente inexplorado. Pero entonces tanta prohibición pudo generar muchas expectativas y fantasías en la mujer (es lo que en psicología conocemos como “fenómeno de la reactancia”: respuesta de transgresión ante una amenaza o coacción percibida a la libertad de conducta) y muchas de esas “fantasías” acabaron discriminando transgresiones reales a la norma.

Avanzado el siglo XX aparecieron las primeras demostraciones públicas del sentimiento amoroso (recordemos que hasta 1880 no se podía besar a alguien en la boca en público, pues era un atentado contra el pudor). Los jóvenes vivían y trabajaban en las ciudades, lejos de sus familias, tomando las riendas de su vida. Empezaron entonces a desafiar las normas establecidas, criticando la ley, la tradición y los matrimonios arreglados. Fue cuando se empezó a hablar de pareja tal y como hacemos hoy en día. Los jóvenes empezaron a enviarse postales y cartas románticas. También era la primera vez que el hombre y la mujer empezaban a elegirse (era el principio del fin de los matrimonios arreglados).

En los años 40, después de la II Guerra Mundial, Europa necesitaba niños y la política familiar estaba en pleno apogeo: existían leyes muy estrictas que regulaban la vida privada (promoción de la maternidad y prohibición del aborto). La familia era lo primero y lo más importante. El niño era la razón de ser de la pareja, una vez más. Los hombres trabajaban para llevar dinero, mientras que la mujer se quedaba en casa (incluso muchos defienden que su misión era mantener la casa coqueta para que su marido tuviese ganas de volver a casa después del trabajo, encontrándose así un entorno familiar confortable y agradable). De la mujer se esperaba que, al poco de casarse, estuviese embarazada. Por otra parte, no podía trabajar sin la autorización de su marido (éste era quien le daba una cierta cantidad de dinero cada mes). En aquel momento, a los ojos de la ley, la mujer debía obediencia a su marido. El modelo era la autoridad del hombre (en el matrimonio y fuera de él). El divorcio seguía estando mal visto; de hecho, era propio de “mujeres sin principios” y los hijos de padres divorciados estaban prácticamente “condenados al fracaso”. Nadie recibía a divorciadas, porque estaban solas y se corría el riesgo de contrariar al marido. Se tenía muy en cuenta la opinión del marido, ya que éste representaba el bien y el valor económico. El matrimonio era para toda la vida y no había que divorciarse por los hijos.

A finales de los años 60 se produjo una revolución en Occidente: se protestó contra el orden establecido bajo todas sus formas. De repente empezó a tambalear un modelo que se había venido manteniendo desde hacía miles de años. Era un momento clave en el que se pasó de la noción de familia a la de pareja. El ideal de la pareja se convirtió en el de dos individuos que querían ser felices y desarrollarse juntos, sobre todo sexualmente. Tal es el caso del movimiento de Mayo de 1968, en el que se reivindicaba que los chicos y chicas pudieran ir a los campus universitarios femeninos y masculinos, respectivamente. Muchos estudiosos consideran este movimiento como una reivindicación del propio cuerpo y de la propia sexualidad (tanto del hombre como de la mujer, pues hasta el momento ambos habían tenido que afrontar sus correspondientes prohibiciones). Entonces el placer empezó a no ser pecado y se defendía la libertad en todos sus sentidos. Las prácticas sexuales previamente perseguidas, prohibidas, reprobadas y calificadas de perversas, se convirtieron en prácticas lícitas. Constituyó, pues, una auténtica revolución que fue posible también, en parte, gracias a la comercialización de la píldora anticonceptiva. Esto liberó a la pareja, eliminando la angustia ante la posibilidad de un embarazo no deseado. Para las feministas fue el resultado de una larga lucha. Se podía decidir sobre la maternidad y sobre el placer. También coincidió con el descubrimiento del papel del clítoris en la sexualidad de femenina. Por lo que la familia ya no era un paso obligatorio: la pareja podía existir con o sin niño. Al mismo tiempo, el marido fue perdiendo la autoridad histórica que tenía sobre la mujer; ante la ley, el hombre ya no era el cabeza de familia. A partir de entonces, la mujer podía trabajar sin la autorización del marido, por lo que también constituyó el principio del fin de las amas de casa. Básicamente, se rechazaba la autoridad y las jerarquías (como la de la pareja y la de la familia, en las que normalmente había un jefe -el marido- y por debajo el resto -esposa e hijos-). A partir de este momento, una pareja la constituirían un hombre y una mujer a partes iguales. De hecho, todavía se siguen valorando todas las consecuencias de este cambio. A partir de los años 70 se empezó a plantear la cuestión de la violación conyugal que implicaba que una mujer casada podía ser violada por su marido porque aquél no era el propietario de la mujer y ésta no estaba definida en calidad de esposa, sino que seguía siendo ella misma, por lo que si se negaba, se negaba. Y con esto apareció la posibilidad de divorciarse.

Pero los cambios o revoluciones no han acabado. Todavía hay temas pendientes que tienen que ver con la infidelidad, las parejas homosexuales y la posibilidad de que se casen y/o tengan hijos, el útero artificial, etc. La cuestión es que cuando ya nada se impone ni por la familia, ni por la Iglesia, ni por el estado, cada cual ha de decidir sobre sí mismo, inventando “su propio modelo” (es, como dirían muchos, el precio de la libertad conquistada). Asimismo, el hecho de que en los últimos años hayan acontecido tantos cambios ha “despistado” a muchas personas, quienes no saben muy bien cómo actuar o comportarse. Por otra parte, no olvidemos que hay casos de todo tipo y que hay personas que encuentran la felicidad bajo modelos o tradiciones que uno mismo no compartiría, por eso es preciso respetar a los demás y “abrir la mente” ante tanta diversidad que nos rodea. Una cosa es que nosotros no compartamos o hagamos determinadas cosas (o no fuésemos felices de esa manera) y otra bien distinta es que los demás no puedan hacerlo.

Espero que este pequeño recorrido histórico nos sirva para echar un vistazo a nuestro pasado y aprender de cara al presente y al futuro, pues así nos damos cuenta de que muchos aspectos que se consideraron en su momento “incuestionables” fueron, en realidad, fruto de una simple tradición o atendían a intereses propios de una minoría. Conviene, pues, ser críticos con lo que nos rodea y con nosotros mismos, siempre desde el respeto y la flexibilidad o aceptación, para poder aprender y progresar.

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Las relaciones de pareja y las nuevas tecnologías

    Las nuevas tecnologías o los nuevos medios de comunicación han revolucionado nuestras vidas cotidianas o nuestro día a día. Internet, por ejemplo, cada vez es más accesible a todos y nos permite hacer gran cantidad de cosas (sacar dinero, hacer búsquedas, hacer compras online, visitar ciudades o museos sin movernos de casa, escuchar música, comunicarnos fácilmente, etc.). Asimismo, los medios de comunicación han cambiado mucho la forma que tenemos de interactuar, comunicarnos y relacionarnos.

En el ámbito de las relaciones de pareja ocurre algo parecido, pues los avances tecnológicos también ofrecen muchas ventajas (tal es el caso de las relaciones a distancia, las cuales pueden mantener más contacto gracias a los avanzados medios de comunicación; pero últimamente también se están encontrando otras aplicaciones, como la búsqueda de pareja, tal y como comento en otro artículo: @LOVE.COM).

¿Pero es oro todo lo que reluce? Toda moneda tiene sus dos caras y, si bien nos pueden ofrecer numerosas ventajas, las nuevas tecnologías tienen también sus riesgos. Una de las finalidades de los nuevos medios de comunicación es mantener a la gente en contacto, más comunicada, más accesible. Pero, tal y como muestra el siguiente vídeo, esto puede tener sus inconvenientes. Las personas, pese a pertenecer o formar una relación de pareja, no dejamos de ser individuos independientes que necesitamos nuestro espacio y nuestra intimidad. Estar constantemente localizados puede llevarnos al agobio, cansancio o estrés.

Por otro lado, aquellas personas que tengan tendencia a desconfiar o tengan un patrón de comportamiento “celoso” pueden encontrar en los nuevos medios de comunicación un arma de doble filo. Concretamente, a priori puede parecer que les facilita las cosas en este sentido (ej.: si nuestra pareja hace “check in” en foursquare un día que ha quedado con las amigas a cenar en un restaurante, podemos comprobar que efectivamente está ahí, quedándonos tranquilos); pero no olvidemos que a largo plazo eso puede conducir al deterioro de la relación. Tal y como refleja Miriam Rocha en su artículo (Los celos: el enemigo en la relación de pareja), hablamos de “celos” para referirnos al miedo a perder a la pareja, a ser engañados o rechazados por ésta o a ser sustituidos por otra persona. Los celos, por tanto, se caracterizan o comprenden un cuadro comportamental en el que encontramos, por un lado, pensamientos distorsionados e irracionales acerca de la relación y de la pareja (ej.: “ya no me mandas whatsapp por las mañanas, eso es que no me quieres”) que generan respuestas de ansiedad, temor y malestar. No olvidemos, además, que las personas tenemos la capacidad de reinterpretar todo “a nuestra manera” o, dicho de otra forma, cualquier cosa puede ser objeto de interpretaciones erróneas y sesgadas (en función del estilo de pensamiento que hayamos adquirido -cómo hayamos aprendido a interpretar las cosas o cómo las hayamos interpretado a lo largo del tiempo-, de nuestro estado anímico en ese momento, etc.). Por otro lado, también engloba actuaciones encaminadas a ejercer control sobre las conductas de la pareja con el objetivo de ganar seguridad o confianza y mitigar los miedos (ej.: “vi en el whatsapp que hizo doble check, por lo que debiste leerlo, ¿por qué no contestabas? ¿con quién estabas? ¿estabas hablando con otra persona?”).

Y como sabemos, este tipo de problemas en las relaciones de pareja suele responder a un patrón prototípico que explica, además, su mantenimiento a largo plazo (a modo de círculo vicioso). Y las nuevas tecnologías o los medios de comunicación juegan un papel fundamental en este sentido (dado que la otra persona está más accesible, en cuanto no responda o conteste, generará dudas y desconfianza con gran probabilidad -ej.: “no me respondiste al email, pero vi que publicaste en facebook, por lo que te conectaste y no me escribiste”). Todo lo cual incrementa las probabilidades de que surjan conflictos, lo que sin duda puede conducir al deterioro de la relación e incluso a situaciones de “profecía autocumplida” (ej.: “me agobiaste tanto preguntándome si te quería o si estaba bien que al final dejé de estar a gusto contigo”).

¿Por qué esto no ocurría antes o lo hacía de otra forma? Porque antes no nos quedaba más remedio que confiar (siempre y cuando no tuviésemos delante evidencias contrarias y válidas) al igual que los padres no tenían otra que dejar que sus hijos salieran con sus amigos sin poderles localizar con el móvil y sin saber dónde iban a estar o qué iban a hacer en cada momento. Es importante, pues, saber manejar estas situaciones y sacar provecho de los medios de comunicación sabiendo utilizarlos adecuadamente y evitando “caer presos” de los mismos (llegando a depender de ellos para todo).

(*) Otros artículos relacionados:
- Los celos: el enemigo en la relación de pareja (por Miriam Rocha). 

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La búsqueda de pareja en Internet (artículo en El Confidencial)

     A continuación os pongo el link del artículo que se publicó en el periódico on-line ElConfidencial.com sobre la búsqueda de pareja en Internet, un tema del que ya hemos hablado y escrito en varias ocasiones tanto mi compañera Mila Cahue como yo.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2012/01/18/los-maduros-pasan-de-la-noche-para-encontrar-pareja-y-prefieren-utilizar-la-red-91078/

(*) Otros artículos relacionados:
- Las claves para encontrar pareja en Facebook (partes I, II, III, IV, V, VI y VII).
- @LOVE.COM.

- Ponencia en Valencia.

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